SERGIO PADILLA MORENO
Poco después del mediodía del pasado jueves 19 de junio, justo del día en que la Iglesia celebraba la Solemnidad del Corpus Christi, mi madre, doña Elva Yolanda Moreno Orozco expiró después de varios días en que su cuerpo se fue deteriorando aceleradamente a causa de las enfermedades y complicaciones propias de su avanzada edad. Un día antes había recibido, por última vez, en un mínimo fragmento a Jesús Sacramentado, recordando lo que dice la secuencia que se proclamó ese día: “en el mínimo fragmento entero late el Señor.”
Mi madre nació el 24 de enero de 1942 en Tamazula de Gordiano, aunque la mayor parte de su vida la desarrolló en Guadalajara. El 23 de enero de 1965 contrajo matrimonio con René Antonio Padilla Jiménez, en el templo de Santa Rita de Casia, en la colonia Chapalita, en Misa presidida por su tío, el P. Ramiro Moreno Castañeda, MSpS. Como fruto de ese matrimonio en la familia que ellos forjaron a lo largo de más de sesenta años está mi hermano René, su esposa Rosy y sus hijos Andrea, Miguel y José, además de un servidor, mi esposa Margarita y nuestro hijo Alonso.
La partida de mi madre está todavía muy fresca en nuestros corazones y seguramente que el tiempo nos ayudará a acomodar nuestros sentimientos, pero también el tiempo nos permitirá ahondar en los recuerdos y el legado que nos dejó una mujer que siempre demostró su capacidad de amar y darse generosamente a los demás, pues, se dedicó como madre en cuerpo y alma a formar y educar a sus dos hijos, además de ser factor de unidad en la familia. Pero algo que marcó profundamente la vida de mi madre fue que desde el año de 1990 y durante 35 años, se convirtió, literalmente, en los ojos y cuidadora de mi padre, a causa de una ceguera intempestiva que lo marcó desde entonces. Ella fue testimonio de lo que es verdaderamente amar como esposa en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad y en la perseverancia matrimonial hasta que la muerte les separó.
Otro rasgo de su generosidad, y que tiene que ser reconocido en la historia de su vida, fue el empeño y pasión que puso en la cristalización y consolidación de lo que fue la construcción del templo de Nuestra Señora de las Victorias, pues mi madre fue parte del equipo de laicos que trabajaron junto al P. Antonio Luna Cid, desde principios de 1979 y hasta el 7 de noviembre de 1988, cuando el P. Antonio fue nombrado Párroco por el Sr. Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. Durante más de dos décadas mi madre cantó, domingo a domingo, en dos de las Misas vespertinas y todavía muchos feligreses la recuerdan por este servicio que prestó en la parroquia.
Finalizo este texto de homenaje a mi madre con estas palabras del espectacular final de la Segunda Sinfonía “Resurrección” de Gustav Mahler: “¡Resucitarás, sí, resucitarás, corazón mío, en un instante! Lo que ha latido, ¡habrá de llevarte a Dios!”
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