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En torno al primer centenario

por Quetzali Hernández
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LAURA CASTRO

Hasta aquí, hemos hecho un somero recuento de las biografías que sobre Fray Antonio Alcalde se escribieron en el siglo XIX, específicamente la del joven prodigio Mariano Otero (1837), la de Jesús López Portillo y Serrano (1875) y la de Emilia Beltrán y Puga (1885). Como escribí alguna vez, podría parecer poco para un siglo, sin embargo, el fraile de la calavera estaba y sigue en la memoria colectiva de generaciones.

Cuando el centenario, que empezaré ya a abordar, La República Literaria publicó en 1892 la siguiente antología: “El Centenario Alcalde, breve relación de las fiestas celebradas en esta ciudad los días 7, 8 y 9 de agosto del corriente año en honor del Illmo. Sr. D. Fr. Antonio Alcalde, seguida de importantes anexos, de la biografía de dicho obispo y de las poesías premiadas en el certamen”, y en este documento, en la introducción se podía leer lo siguiente: “La memoria del Señor Alcalde, muy especialmente, ha sido venerada y querida siempre entre nosotros. No ha cesado nuestro pueblo de repetir su nombre en el siglo que va transcurrido desde que, cargado de años y de buenas obras, salió de este mundo; ni de rendirle el culto ardientísimo de su veneración y de su cariño”.

Además de las biografías, la sociedad tapatía emprendió diversas iniciativas, por ejemplo, en 1880 se constituyó una primera Sociedad Alcalde con el propósito de gestionar y financiar la erección de un monumento en su honor, sin embargo, la idea no se materializó. Aun así, no se quitó el dedo del renglón y en 1888, el 17 de junio para ser precisa, la sociedad se volvió a integrar por iniciativa de un grupo de obreros católicos quienes vieron “que era de urgente necesidad que no se borrara del corazón de los hombres agradecidos el recuerdo del nombre venerado del Sr. Alcalde”. De este hecho da cuenta el historiador José M. Pérez Verdía en un texto que tituló “La Sociedad Alcalde” (por cierto, quienes estén interesados en abundar en las publicaciones del primer centenario del fallecimiento del siervo de Dios, Fray Antonio Alcalde y Barriga, estas memorias están resguardadas y accesibles en la colección digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Aquí dejo la liga: http://cdigital.dgb.uanl. mx/la/1080012202/1080012202.html).

Por fortuna, se hizo un registro puntual de todos los preparativos y las actividades que organizó el Ayuntamiento de Guadalajara y la sociedad tapatía para recordar a Alcalde en su aniversario luctuoso: concursos de diferentes géneros, desfiles y conferencias además de guardias de honor, entre otras. De esta época es el himno que se conoce.

En esta misma relación también se expuso lo siguiente: “Hemos querido entrar en estos detalles para aclarar dos cosas importantes: 1°, que el culto del Sr. Alcalde ha sido constante en nuestro pueblo, de suerte que las festividades que acaban de pasar, deben ser consideradas como la explosión en día oportuno, de un sentimiento tradicional y profundo de los hijos del Estado; y 2°, que la honra de haber iniciado la idea de esta celebración, corresponde de derecho a las personas siguientes: a D. Narciso Corvera por la erección del monumento, que inspiró al Sr. Santoscoy el grandioso proyecto; al Señor Santoscoy por haberlo concebido, y al Sr. Zavala por haber sido el primero en publicarlo”.

En el compendio se incluye un relato de cómo inició la organización un año antes. Se nombró una junta que quedó integrada por Agustín de la Rosa (presidente honorario), Ignacio Díaz (presidente activo), Narciso Corvera (vicepresidente), Alberto Santoscoy (secretario), José María Corvera (prosecretario), Pablo Navarrete (tesorero), Abundio Aceves, Francisco Macías Gutiérrez, Gregorio Alatorre y José López Portillo y Rojas.

Y se definió el programa que se desarrollaría los días 7, 8 y 9 de agosto de 1892, incluidos los certámenes de biografía, poesía castellana, himno, retrato y memoria histórica. Como ya sabemos, el ganador del concurso de biografía fue Luis Pérez Verdía, autor del texto que se cita hasta hoy en día; el de la memoria, Alberto Santoscoy; del himno, Emilio Mondragón y de la poesía castellana: Manuel M. González.

El 7 de agosto de 1892 hubo misa de acción de gracias en la Catedral que ofició el señor arzobispo Pedro Loza a partir de las nueve de la mañana en punto; la banda de tambores del XX Batallón ejecutó una marcha, empezó la misa “y la admirable orquesta dirigida por el eximio maestro D. Diego Altamirano, ejecutó en medio de la más profunda emoción de los ánimos, la inspirada misa de Sta. Cecilia, del inmortal Gounod”.

La autora es Periodista e historiadora, docente de Historia de México en el ITESO y posdoctorante en El Colegio de Jalisco.

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