Sergio Padilla Moreno
Uno de los sentimientos más difíciles de describir con palabras es, quizás, el gozo espiritual, porque aquello que lo provoca suele estar vinculado a una profunda experiencia de plenitud, paz o sentido de trascendencia.
Desde una perspectiva mística, el gozo es un signo de la resonancia con la que puede experimentarse el misterio de Dios.
El santo vasco Ignacio de Loyola, en su autobiografía conocida comúnmente como el Relato del Peregrino, relató que la experiencia contemplativa que tuvo de la Santísima Trinidad, mediante la “elevación del entendimiento”, le provocó un profundo “gozo y consolación”, y que “toda su vida le ha quedado esta impresión de sentir grande devoción”.
A lo largo de los siglos, ante la dificultad de describir las experiencias espirituales, el ser humano ha recurrido al arte para tratar de expresar lo inefable y comunicar lo que las palabras no alcanzan a decir. Lo ha intentado hacer a través de poemas e inspiradas obras musicales. Tal como alguna vez lo expresó el entonces Cardenal Joseph Ratzinger:
“Cuando el hombre entra en contacto con Dios, las palabras se hacen insuficientes. Se despiertan esos ámbitos de la existencia que se convierten espontáneamente en canto”. Algunos de los grandes compositores de todos los tiempos han creado obras que expresan el gozo del encuentro con lo divino, actualizando lo dicho por Leonardo Boff: “Le cantamos a Dios por Dios mismo, porque él existe… una experiencia de la que están llenos los Salmos. Ese encuentro nos hace cantar.” Veamos tres obras que expresan el gozo espiritual.
El compositor Johann Sebastian Bach supone la más alta cumbre del periodo barroco de la música, y uno de los más grandes de toda la historia del arte. Las cantatas sacras son manifestación de Bach como hombre de una fe profundamente enraizada en la dimensión humana, ya que en estas obras se escuchan los más variados sentimientos e ideas respecto a la relación humana con Dios: miedo, gozo, gratitud, súplica y alabanza, tal como queda patente en el coral “Jesús alegría de los hombres”, de la Cantata 147.
El año de 1780, Wolfgang Amadeus Mozart compuso las Vísperas solemnes para un confesor para ser interpretada en celebraciones litúrgicas de la Catedral de Salzburgo. La última de las cinco partes de la obra es el aria Laudate Dominum (Alabemos al Señor), basada en el Salmo 117, es simplemente sublime. Es imprescindible escucharla en la voz de la joven soprano eslovaca Patricia Janečková, quien a falleció a la edad de 25 años a causa del cáncer, pues hace una de las interpretaciones más bellas de esta obra.
El exquisito y expresivo motete Exsultate, Jubilate (Alégrense, expresad el júbilo), es una obra de juventud de Mozart, ya que la compuso en 1773, cuando tenía apenas 17 años, pero ya era un compositor con amplia experiencia. Está escrita para voz de soprano, ya sea de mujer o de niño, acompañado por una orquesta de pequeñas dimensiones. Es una obra alegre, que finca su grandeza en su sencilla y fresca alabanza.
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W. A. Mozart – Laudate Dominum, KV 339 – Patricia Janečková
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