Teniendo en cuenta el concepto de salud que tiene la Organización Mundial de la Salud (OMS), para la cual es “el estado de pleno bienestar corporal, anímico y social”, la enfermedad aparece como el estado de una persona en que tal bienestar sufre alguna perturbación. Otros definen la enfermedad como un trastorno de equilibrio armonioso del hombre, que disminuye la capacidad operativa y de disfrute del hombre con repercusiones también anímicas.
El estar enfermo, cuando supera ciertos límites de duración, molestias, dolor y peligrosidad, representa uno de los hechos más graves de la vida. Entre los esfuerzos de la medicina por vencer, curar o aliviar la enfermedad figura la necesidad de su explicación y superación espiritual o religiosa. Sin olvidar que los afectados no siempre perciben y sienten de la misma manera. Por otra parte, la enfermedad puede localizarse preferentemente en el ámbito corporal, psíquico o espiritual, y presentarse como aguda o crónica, más o menos molesta y dolorosa, transitoria o de larga duración, como superable o con peligro de muerte. Pero siempre es el hombre en su realidad total el que enferma y sufre.
La enfermedad afecta también el entorno más cercano al enfermo que ha de tomar una actitud al respecto. Es, asimismo, un factor de la vida social y económica y de la actuación política -hospitales, seguro de enfermedad, etc-. Hay que verla tanto desde la perspectiva del propio enfermo como del médico y de la sociedad, sabiendo que también aquí las intenciones son recíprocas: el médico se encuentra entre la actitud expectante del paciente y las instituciones sociales. Escuchamos con cierta frecuencia, en Guadalajara, a médicos que se sienten impotentes porque no tienen medicina para ofrecer a sus pacientes. Por más que se lleva diciendo desde el sexenio pasado, que hay medicina. Parece o es una mentira. Lastima el no tomar en cuenta las voces de quienes marchan levantando la voz por falta de medicamentos. El común de los mortales mexicanos se siente ofendido, lastimado por quienes tendrían que escuchar y buscar solución plena a este tema. El enfermo y sus familiares desean que se atiendan sus demandas, sufrimientos, inseguridades y miedos, con los que no se le debe dejar solo, aun queriendo esquivar el enfrentamiento con la enfermedad.
Como cristianos católicos, no debemos dejar de lado el plantearnos la cuestión del sentido de la enfermedad. Ésta es expresión de la limitación y disponibilidad humana y la hace siempre presente a la conciencia. Puede manifestarse el propio comportamiento deficiente; en el campo visual entre la frontera de la vida que es la muerte, con la que el hombre aprende a vivir precisamente a través de la experiencia de la enfermedad, corrigiendo la visión que hasta ese momento ha tenido del mundo y que le va a permitir entender mejor otras concepciones en su limitación. De ese modo, la enfermedad puede desencadenar un proceso de maduración personal, que para el enfermo y su entorno adquiere una importancia permanente.
Hasta el día de hoy, la Iglesia considera el cuidado de los enfermos como una de las tareas más destacadas de su ministerio de caridad y servicio. Las diferentes parroquias realizan un buen apostolado; capacitan a un grupo de agentes que visitarán periódicamente a quienes, por enfermedad o acumulación de años, requieren la oración, el consuelo, la presencia amorosa de personas llenas de bondad y caridad. Felicidades a quienes bien se les puede llamar samaritanos, se están ganando el boleto de entrada al cielo.
