Hermanas y hermanos en el Señor:
Jesús, para enseñarnos sobre la humildad, aprovecha la ocasión de haber sido invitado a un banquete. Observa, pero sobre todo, conoce la intención más profunda que tenemos en nuestros corazones.
Mira que las personas que van llegando buscan acomodarse en los lugares más importantes, como queriendo presumir quiénes eran.
En este escenario, nos enseña primero, lo que no tenemos hacer, añorar el lugar principal, porque nos exponemos a vernos humillados y avergonzados, porque no somos los más importantes.
Estemos atentos, el Señor se refiere a nuestro corazón, no tanto a la silla, es decir, en el lugar que pretendemos, porque si nos damos el primer lugar sobre los demás, no los vamos a servir, sino que nos vamos servir de ellos, porque en nuestro interior nos sentimos mayor que los demás.
En el corazón está el lugar. No nos demos el lugar que no nos corresponde. Si, por ejemplo, nos consideramos los que todo lo sabemos, vamos a despreciar a los demás, por “ignorantes”.
Jesucristo nos dice que si queremos formar parte de su Reino, dejemos a un lado esas actitudes de sentirnos los más importantes, los más sabios, los más poderosos. En nuestro corazón debemos reconocer que somos hijos, que somos hermanos, que somos servidores, constructores de paz, de armonía y de convivencia.
Por el contrario, nos dice lo que hay que hacer, ocupar el último lugar, es decir, considerémonos hermano y servidor, y los demás nos van a reconocer y nos van a dar un lugar especial.
En esto consiste el Reino de Cristo, en dar la vida, en ponerla al servicio del amor, de la fraternidad, de la paz, del reconocimiento a todos, especialmente de aquellos que no son tomados en cuenta en la sociedad.
Nos da otra recomendación, que no demos a los que nos pueden agradecer. No hay que darles la preferencia porque ellos se van a sentir comprometidos de agradecérnoslo. No hay que dar para que nos den. Ayudamos para que nos ayuden. Amamos para que nos amen.
La preferencia debe ser por los necesitados, por los que no tienen con qué corresponder, porque esta acción nos va a hacer y sentir dichosos. Esto es lo que Dios toma en cuenta.
Para Jesús, su Reino tiene criterios diferentes de valoración a como los tiene el mundo. Él no tiene preferencias. Nos ama solo porque somos sus hijos.
Apliquemos lo anterior a la realidad de los desaparecidos. Es natural que confiemos en las autoridades, porque es su deber primario, velar por nuestra seguridad e integridad, pero nos damos cuenta que no podemos depositar plenamente nuestra confianza en ellas, porque nos vamos a decepcionar, nos desesperamos porque no somos atendidos y no recibimos respuesta.
Recibimos, muchas veces, desinterés e indiferencia, de parte de nuestras autoridades, pero la Palabra de Dios nos dice que, por encima de esa negligencia y tardanza, está el Señor, y si compartimos con Él nuestra impotencia, nuestro sentimiento de urgencia por resolver la ausencia del ser querido, si ponemos en las manos del Señor lo que sentimos y experimentamos, si ponemos nuestra confianza en Él, nos va da una respuesta, nos la va a dar, porque nos ama.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo.
