VÍCTOR ULÍN

Me ha dicho que se irá de su casa.
Tiene todavía el ánimo de trabajar y estudiar al mismo tiempo. De no pensar en los atajos tentadores de quehaceres socialmente señalados que ofrece la realidad. Hace rato que estuviera en casa donde vive con su mamá y abuela.
Me confiesa que quisiera quedarse un poco más del tiempo habitual de su rutina en este gimnasio al que suele venir hace menos de un año por convicción, pero también para estar lejos de casa (hace muecas y mueve la cabeza como diciendo que no hay remedio, que tiene que volver).
Hasta hoy no se explica por qué su madre lo confronta tanto sin aparentes motivos y compara que con sus dos hermanos, el comportamiento es distinto.
A ellos, sus hermanos, no les grita ni les dice de cosas. A él, si hace algo bien, lo reprende, y si es lo contrario, también lo regaña.
Está esperando cumplir los 18 años de edad -tiene 17- para buscar un trabajo que le permita costearse una renta, pagar su manutención y estudios. Lo escucho y lo veo decidido. Parece un adulto en un cuerpo de adolescente cansado. Que está a punto de rendirse, pero que resiste la embestida de la cotidianidad y en casa.
Insiste en que quiere salirse de su casa por el constante conflicto que mantiene con su madre.
Le digo que si su madre lo regaña, con o sin razón, no la confronte. Que incluso baje la cabeza en señal de respeto. Una madre, porque nadie es ni será perfecto, puede equivocarse las veces que quiera. No debemos juzgar a los padres. No somos jueces. Y muchos tampoco somos padres.
Intuyo que se sentó frente a mí en un instante de mi descanso porque quería desahogarse, contarle a alguien lo que lo viene ahogando en casa y en su vida.
Se acercó sonriendo. De esas sonrisas que retienen detrás palabras que uno tiene que expresar. Que si se amotinan terminan por explotarnos dentro.
Le di la confianza cuando le pregunté por qué estaba entrenando solo, sin sus dos amigos de su misma edad con los que suele hacerlo y entonces me cuenta que por las vacaciones tienen horarios distintos y ya no coinciden. Cada quien por su lado.
Lo había saludado a la distancia en varias ocasiones como parte de la comunidad que viene a este gimnasio a ejercitarse.
La mayoría, jóvenes como él, se meten en el mundo de los audífonos y solo unos pocos, los adultos, todavía le damos el turno a la palabra mediante el saludo, el diálogo o la conversación.
Él siempre usa audífonos, p ara es c uchar la música que le gusta o para olvidarse del otro mundo en el que habita por ahora.
Hay un giro en la plática que se centra en su físico que no le agrada tanto, y que busca cambiar. Hay razones que explican también por qué se le complica tanto ser delgado.
Admite que le cuesta bajar de peso, a pesar de que sus rutinas son intensas y equivalen a las de un adulto: mucho peso en las máquinas y dos horas o más repitiendo rutinas que le dan la paz que falta en casa.
En las madrugadas le brota la ansiedad. Se levanta. Come lo que encuentra en el refrigerador y no siempre es comida sana. Ignora que el gimnasio es un antídoto que ayuda, pero no resuelve esa ansiedad que avanza hasta el delirio si no oponemos resistencia.
La sonrisa que no le acaba de salir por completo mientras platicamos, es también de desesperación contenida, a punto del desborde, y de una angustia que se ha vuelto su sombra.
Le gustaría llegar a casa y que su madre, en vez de gritos, lo recibiera con una sonrisa y con las palabras amorosas que en este momento le hacen falta. Está deseando desde muy dentro que su madre lo trate como a sus hermanos.
Me conmueve su confesión. Hay impotencia de que no pueda cambiar su realidad inmediata, y que solo me alcance para decirle que las cosas mejorarán en casa y le doy a su madre un voto de confianza.
Ninguna madre odia de verdad a un hijo o le desea el mal. Puede enojarse, sí.
Nada más. Acaba prevaleciendo el amor. Lo aliento a seguir adelante. Sonríe y asiente. Pienso en su soledad en casa, en la que pulula en este gimnasio, y en lo que nos hace falta: platicar más con los hijos, escucharlos desde el corazón.

