
El Sacerdote, de por sí, puede resultar una persona controvertida. No es vista, en nuestro ambiente -por lo menos-, como una persona igual a todas las demás, es diferente. Nosotros entendemos esta distinción como responsabilidad y compromiso, más que como privilegio vano o una situación que lleve a la soberbia (como puede también suceder en algunos).
El Sacerdote, por el lugar que los fieles le han dado, corre el riesgo de ser autorreferencial, algo de lo que el Papa Francisco constantemente nos llamaba la atención: “Eviten la autorreferencialidad” (cfr. Mensaje a los Padres Paulinos, al cumplirse 90 años de la revista “Familia Cristiana”, 22.12.21), en consonancia, por supuesto, con lo que señaló Jesucristo cuando la mamá de los hermanos Apóstoles Juan y Santiago, le pidió al Maestro que le concediera que en el Reino de los Cielos uno de sus hijos se sentara a su derecha y otro a su izquierda.
Ante esta solicitud, Jesús inmediatamente nos puso (sí, nos puso) a todos en nuestro lugar: “Si alguno quiere ser el mayor, que sea el servidor de todos”, que no se sienta superior ni la referencia non plus ultra (“nadie es más grande que yo”). Ser autorreferencial no debe caber en el Sacerdote (Obispo, Presbítero, Diácono, Monseñor, Canónigo, etc.).
¿Cómo pudiéramos definir o identificar al Sacerdote? Hay muchas descripciones que rayan en lo romántico, y las podemos ver hasta en redes sociales, algo parecido a ángeles en el mundo, incuestionables, sufridos, victimizados, etc.
Pudiéramos -también- plantearnos alguna definición bonitamente (sic) teórica, que correría el riesgo de presentarlo como un ser lejano, abstracto, como llegado de la luna o perteneciente a un mundo ideal.
No sería equivocada en sí misma esta separación, pero plantearíamos a un ser alejado de la realidad, como si su trabajo se tuviera que reducir a decir Misa y salir solo si un enfermo requiere los Santos Óleos, pero sin estar realmente en el mundo.
La mejor descripción del Sacerdote la tomamos de la Sagrada Escritura: “Es escogido de entre los hombres…, encargado de ayudar al pueblo de Dios… Él es un hombre débil como los demás, por eso compasivo con los que pecan” (Hb 5,1-3).
- Escogido por Dios. No es el Sacerdote el que le está haciendo el favor al Creador.
- Tomado de entre los hombres, con sus cualidades, pero también con sus muchas limitaciones.
- Compasivo, no impositivo, autoritario y enojón.
Si el Sacerdote se alimenta de la gracia recibida en su Ordenación, lee la Biblia, participa en los Sacramentos, ora, conoce el Magisterio de la Iglesia, dialoga con los de su raza levítica y vive la fraternidad con los de su oficio, difícilmente se va a equivocar en las decisiones que tome, estará lejos de cometer alguna imprudencia y actuará con sensatez, cordura y buen ánimo, como aconsejaba San Pablo a su discípulo Timoteo.
Los fieles tienen derecho y obligación de reclamárnoslo cuando no somos así, y si se presentan situaciones o hechos aparentemente incomprensibles, y al analizarlos se comprueba que se siguieron los criterios anteriores, todos van a entender, y hasta se convertirá el Padre en testimonio y buen ejemplo.
Si hacemos lo contrario, nadie tiene por qué entendernos, y podemos estar sujetos a cualquier escrutinio.
