Felicidad

por Quetzali Hernández
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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

Los saludos en estos días de inicio de año van acompañados con un deseo de felicidad y prosperidad, conscientes de que el deseo se enmarca en el horizonte de esperanza que suscita el inicio de una nueva etapa en la vida.

La felicidad ha sido un tema de reflexión desde tiempos remotos, pues su deseo está inscrito en el corazón del ser humano desde su creación, como un destello de Dios, al ser su imagen y semejanza. Por ejemplo, Aristóteles consideraba que la felicidad es el fin último de la ética, incluso de la misma vida entendida como plenitud de toda la existencia. Consecuentemente, todos los seres humanos debemos actuar en todo para alcanzarla como nuestro fin último; por lo mismo, no se puede alcanzar en un solo acto que agotaría muy pronto el ser “feliz” como algo meramente efímero e intrascendente. Al ser fin último, se convierte en algo trascendente que va más allá de un acto puntual e incluso de un hábito; se trata más bien en el ejercicio de una vida virtuosa.

La virtud, para el filósofo ateniense, no es una cualidad innata, es decir, con la cual nacemos ya, ni como un don de la divinidad, sino que es el resultado del esfuerzo constante por vencer las pasiones desordenadas que, aunque de momento placenteras, llevan a la infelicidad. La virtud es la práctica repetida de actos buenos, difíciles en un primer momento, pero después que se van haciendo una buena costumbre. La bondad del acto se ubica, entonces, en la consecución de la felicidad, entendida, decíamos, como la plenitud de la vida humana, por esa razón se ha calificado la ética aristotélica como “eudaimonía”.

Son cuatro las virtudes cardinales que Aristóteles considera el eje de toda vida virtuosa: la fortaleza para mitigar los miedos de la vida, la justicia para tratar equitativamente a todos, la templanza para moderar los placeres, y la sabiduría para discernir el mejor modo de actuar siempre. De estas cuatro se desprenden las demás virtudes. La virtud también hay que entenderla como el medio que equilibra a la persona entre dos vicios contrapuestos. Así, la fortaleza es el medio y equilibrio entre la temeridad y la cobardía; la generosidad, entre el despilfarro y la tacañería, etcétera.

A la luz de Aristóteles, entonces, desear la felicidad al inicio del año nuevo es una implícita invitación a vivir de forma virtuosa, sin esperar pasivamente que las condiciones externas sean favorables para el bienestar personal. La felicidad, así entendida, se trata de una conquista personal en una lucha constante y sin tregua contra aquello que nos arrebata las mejores condiciones de vida. Sin duda, tendremos en este año circunstancias favorables y oportunas, pero también hay que ser conscientes que quizá vengan cosas difíciles, a las que debemos afrontar con virtud, conscientes de que nunca ha sido el tiempo tan favorable como difícil para ser felices como lo es este nuestro tiempo, porque simplemente es el único con el que contamos. ¡Feliz año nuevo!

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