PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ
El ascenso de algunos líderes con tendencias autocráticas a los más altos puestos de los gobiernos más importantes de los países del mundo, incluido el nuestro que es la decimocuarta economía, ¿está poniendo en entredicho los valores democráticos con los que se construyeron casi todas las naciones, al menos en el Occidente, en los últimos trecientos años.
Esta pregunta la podríamos responder diciendo que hay señales de un prematuro envejecimiento de la democracia moderna, precisamente por la llegada a la presidencia de los gobiernos mundiales de personajes como Trump, Milei, Bukele, Erdogan, Maduro, Ortega, Sulyok, evidentemente López Obrador (Sheinbaum) y un largo etcétera. No ciertamente tienen en común la ideología, pues unos son de las ya trasnochadas denominaciones de derechas o de izquierdas, sino la forma de gobernar autorreferencial y la búsqueda de eliminar todo contrapeso democrático. En realidad, hoy hasta el más radical de los marxistas toma café en Starbuks y calza tenis Adidas, pues los de izquierdas son tan neoliberales como la Dama de Hierro.
La mayorá de estos gobernantes, como los de México, llegaron de forma democrática al poder y se valieron de las instancias que durante mucho tiempo se fueron construyendo gracias a los contrapesos democráticos: políticos, judiciales, militares y, sin menor importancia, la prensa y el derecho a la libre expresión. Se fueron abriendo paso primero en el ámbito político por medio de las curules de las cámaras de representación, hasta conseguir las mayorías que les han permitido cambiar las leyes y las constituciones. En el caso mexicano, han luchado incansablemente por colocar jueces a modo y se invierte mucho dinero para comprar al ejército nacional, sea con obra pública o regalías; ahora con las nuevas reformas se pretende acallar las voces disidentes.
En nuestro país, una democracia naciente, se diversificó en las últimas décadas el poder del Estado en distintas instituciones públicas independientes u organismos autónomos del gobierno en turno, por ejemplo, el INE, la CNDH o aquellos que, desgraciadamente, ya desmanteló el actual gobierno morenista con la finalidad de evitar los mencionados contrapesos: INAI, IFT, CONEVAL, MEJOREDU, CNH, CRE, COFECE. Estos organismos buscaban garantizar la equidad, la transparencia y la imparcialidad frente a las políticas con tendencia autocrática del gobierno.
Otra pregunta surge, entonces, frente a este fenómeno: ¿Cómo es posible que una ciudadanía, considerada democrática, permita que se desmantele de esa manera la democracia? La respuesta la podemos encontrar en un antecedente que llevó al triunfo a quienes, en su momento, como López Obrador, fueron una aguerrida oposición, frente a la decepción frente a los malos gobiernos emanados de las urnas y a la corrupción de casi toda la élite política. En México, el triunfo de Morena se debe más al fracaso de los gobiernos anteriores, que a las lábiles propuestas del movimiento. Quizá el fin de la democracia no sea una regresión al autoritarismo militarista del siglo pasado ni a la violenta toma de gobierno por golpes de estado, sino la decepción y cansancio de los ciudadanos.
