PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
¿O fin de la educación católica? Porque la educación privada como tal hoy día va viento en popa, por todas partes surgen nuevos proyectos educativos con todo tipo de nombres y muy avocados a ver la educación como un negocio productivo que exige, ante todo, de excelencia académica y resultados verificables. Para lograrlo hacen inversiones considerables, máxime si se trata de “marcas” educativas nacionales o internacionales que llegan a las ciudades no a organizar colectas para construir un plantel, sino con capitales suficientes para hacerlos en corto tiempo e inaugurarlos con cuanta novedad académica exista. Lamentablemente muchas de estas flamantes instituciones no tienen interés en ofrecer una educación integral, abierta al cultivo del espíritu trascendente, lo cual no les ha impedido tener éxito.
Aunque todavía existen en la Diócesis numerosos centros educativos en manos de congregaciones religiosas y parroquias, son cada año muchos los que cierran, por diversas razones: disminución del personal religioso consagrado a este propósito, renuencia de los párrocos a sostener esta tarea, complejidades burocráticas y no pocos obstáculos a su ejercicio, incapacidad para competir con la educación privada laica en términos de innovación académica, tecnología e instalaciones, ausencia de prestaciones y salarios que atraigan a los mejores docentes, falta de apoyo efectivo por parte de las autoridades eclesiásticas, inercias y malas decisiones, entre otros factores.
En cierto modo la educación católica parece como un archipiélago de pequeñas islas, donde cada escuela o colegio debe enfrentar sus retos y tomar sus decisiones
como pueda y, casi siempre, en soledad. Esto incluye el que no siempre entre las mismas congregaciones se compartan experiencias exitosas, se analicen problemáticas comunes, o se unan esfuerzos para apoyarse mutuamente. Entre algunas universidades sí se mantienen encuentros periódicos que han sido de enorme utilidad, pese a su diversidad.
La falta de personal religioso ha llevado a una práctica muy común, la de destinar a las pocas religiosas o religiosos solamente al ejercicio de las tareas menos amables y que mayor descrédito originan: la cobranza y la dirección, ya no las aulas.
Algunas congregaciones se resisten tenazmente a dejar estas funciones en manos de personal mejor capacitado y, si laico, más neutral, lo que les dejaría en libertad para dedicarse a lo esencial, a lo que justifica el esfuerzo educativo que realizan: una educación evangelizadora.
Ausencia de creatividad en la forma de exponer el contenido valoral, muchas veces reducido a una asignatura que hay que pasar, es otro pendiente que, aunque ha tenido notables logros, aún se puede enriquecer y mejorar.
Que el Sacerdote, hermano o religiosa, dejen de ser los directores y se conviertan en los amigos que orientan, que ayudan, que alientan y hacen vida los valores cristianos, los primeros responsables de la pastoral, las figuras modélicas de los niños y adolescentes, sin por ello dejar su papel decisivo como presidentes de un equipo de colaboradores, donde los directores y los cobradores son parte de su consejo, es un ideal que se debe alcanzar.
armando.gon@univa.mx
