“Yo soy la rosa de Sarón, y el lirio de los valles.” (Cantar de los Cantares 2:1)
JUAN CASILLAS NÚÑEZ
Si estás atento y disciernes, todo apunta hacia Dios, primordialmente la madre naturaleza. Esto no nos debe sorprender, pues la vida lleva el Espíritu indeleble del Creador. Pero en unos casos, su manifestación es palpable, concreta e innegable. Por lo menos, así lo creo yo. Con el riesgo de sonar arrogante, este es mi caso.
Soy una planta trepadora vigorosa y perene. Mi nombre oficial es Passiflora incarnata, también conocida como “pasionaria” o “flor de la pasión”. Tengo la dicha de ser la flor emblemática de Agavetlán. Todo mi ente – colores, fragancia y anatomía – muestran el amor, la bondad y la misericordia del Todopoderoso. Sin embargo, el maligno, que todo lo quiere desvirtuar y tergiversar, siempre intenta cambiar nuestro sentido y propósito para perdernos. Y desgraciadamente, muchos caen en su trampa.
En el mejor de los casos, la humanidad ha aprovechado mis propiedades medicinales. En varias regiones del mundo he sido utilizada con fines analgésicos, antiasmáticos, antiespasmódicos y sedantes. Cuando las abuelitas dan té de pasiflora para el insomnio, la ansiedad o los dolores de menstruación, no es superstición, ni mucho menos brujería, sino sabiduría ancestral. Aunque ignoran cómo funciono, saben que soy un buen remedio casero para estos males. Quizá el caso más sorprendente de mis virtudes curativas se ha documentado en la India, donde he sido prescrita para tratar la adicción al opio y a la morfina.
La industria de la estética no se queda atrás. Le ha sacado buen partido a mis cualidades.
Por medio del extracto de mi flor, que tiene una fragancia sensual, se ha usado para producir colonias, champús y lociones, entre otros productos cosméticos.
Hoy en día me conocen primordialmente por los diferentes nombres de mi fruta: entre ellos, granadilla, maracuyá y fruta de pasión. Con el último nombre, “Passion fruit drink”, me han comercializado en agua fresca, jugo o bebidas alcohólicas. Quiero dejar bien claro dos datos sobre mí, uno es verdadero y el otro, mentira. Sí, soy una fruta tropical exótica. Sin embargo, a pesar de la creencia popular, no tengo propiedades afrodisiacas.
Aunque la humanidad ha tomado ventaja de mí – para bien o para mal – se ha olvidado o la han hecho olvidar, mi mayor aportación. Aquí vale la pena reflexionar con un par de preguntas: ¿por qué me llaman “flor de la pasión” y cuál es esa aportación? Este nombre no proviene de la pasión romántica, sino de la forma de mi flor, que los misioneros españoles acertadamente asociaron con la pasión de Cristo. En mi corola se manifiestan, por medio de la mano del Todopoderoso, los instrumentos de la crucifixión de Jesús: una corona, un martillo y unos clavos. Lo digo con humildad, esa es mi mayor contribución. Es un verdadero privilegio y honor que mi cuerpo represente – sirviendo como recordatorio para toda la humanidad – la máxima expresión de amor que haya existido y que existirá. Sin embargo, no se compara con lo que cada uno de ustedes llevan por dentro: el Espíritu del Todopoderoso. Al igual que toda la madre naturaleza, vivo y muero para servir al Eterno en esta y en la siguiente vida. Si una plata puede ser fiel al Creador, cuanto más un ser hecho “a imagen y semejanza de Dios”.
No solo a Agavetlán le dirijo mis palabras, le recuerdo a todo el mundo que la vida es una llama de amor que el Altísimo encendió en cada persona. Recuerda tu romance con Él en Cantar de los Cantares. No dejes que nada ni nadie apague tu luz. No renuncies ni sacrifiques to santidad. Aférrate al Creador de tu fuego.

