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por Quetzali Hernández
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Agua, las duras verdades a las que le damos la vuelta

AGUSTÍN DEL CASTILLO SANDOVAL

En Guadalajara tenemos un problema serio con el agua, pero somos tramposos: al criticar las políticas, le damos la vuelta a lo que no nos conviene asumir como particulares, como ciudadanos. Pagar la tarifa completa, para empezar.

Los gobernantes, al tomar decisiones, no lo hacen muy distinto: nos dan gato por liebre con agua de calidad paupérrima. Y el triste panorama se convierte en un circo de indignaciones. Los opositores, cuyo deber es criticar lo que el gobierno hace mal, nos quieren vender una fe delirante en que somos tan ricos, que el puro control de la corrupción bastará para cambiarlo todo. Rescatar al SIAPA, por ejemplo. Ojalá fuera así de simple.

Todos estamos en alguna medida equivocados. La demagogia, tan naturalizada en este país donde la democracia retrocede velozmente, juega con los sentimientos, explota la indignación, fomenta la rabia, explota las emociones del que se asume oprimido, víctima, que merece todo y no necesita más que exigirlo.

Hay una grave degradación del orden cívico cuando nos limitamos a la protesta, especialmente, en redes sociales. Pero, sobre todo, cuando toleramos que decenas de miles, entre ellos, muchos de nuestros vecinos, se roben, literalmente, el agua.
Si del agua facturada solo se paga el 60 o 70 por ciento, creo que nadie tendría por qué sentirse orgulloso. Y peor aún: con esa mínima aportación real, esperamos que un organismo opere eficazmente, tape fugas, construya acueductos y nos entregue agua de calidad.

Claro, el escándalo de #LadySIAPA ha servido como un milagroso bálsamo para borrar nuestras culpas. Todo el problema deriva de cómo ha sido tomado el organismo de servicios de agua potable por una pandilla de aventureros que ni siquiera saben del tema. Y no es que eso no tenga mucho de verdad.

Es que convertirlo en toda la verdad es tan perverso como negarlo. Claro, 73 mil pesos mensuales que devengaba Elizabeth Castro, la presentadora de bandas, influencer y amiga de los últimos cinco gobernadores, es dinero muy útil para resolver los problemas de agua, pero ni de lejos resuelven todo. ¿Cuántos per les de esta calaña han sido insertados en el organismo? Una pregunta legítima que nos deben las autoridades. Pero si nos perdemos en este tema y apostamos todo a el, nos llevaremos un chasco.

La realidad es que el agua en Guadalajara no se cobra a lo que cuesta producirla. Y esa es la base de todos los demás problemas. Sin una tarifa que represente lo que cuesta sostener el SIAPA, en todos sus procesos, solo nos queda pedir subsidio directo del gobierno para resolver la apremiante necesidad de producir agua de calidad.

No hay un atajo a esto: sin duda, estamos ante la gran oportunidad de gestionar integralmente el ciclo hídrico y de tomar las medidas sensatas para hacer inversiones que den prontos resultados. Pero sin dinero, no es factible: la ciudad recibe agua de calidad irregular, presenta miles de fugas, tiene cientos de puntos de inundación (el principal efecto negativo del pésimo manejo de la cuenca) y ni siquiera tiene certeza plena sobre los sitios desde donde se envía el recurso. Para sus 5.5 millones de habitantes y más de 50 mil millones de dólares anuales de producto interno bruto (PIB), la deficiencia es inaceptable.

FUGAS
Del agua que se provee a la ciudad, las pérdidas físicas (básicamente, las fugas) alcanzan al menos 30 por ciento, y el agua no cobrada podría ser de 40 por ciento de la facturada. Es descomunal. Eso reduce, en físico, la disposición de agua por habitante a menos de 140 litros diarios. Bajo el supuesto de que esa agua se facture, el Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA) solo está cobrando alrededor de 85 litros por persona (insisto, en todos los usos). Esto explica breve y claramente por qué no hay recursos económicos suficientes para gestionar el enorme sistema y la razón de que ni siquiera se le invierta lo necesario para mantenerlo en forma.

La infraestructura se sigue deteriorando cada día ante la falta de inversión, y eso no solo afecta en lo financiero (un círculo vicioso), sino que ha hecho descender la calidad del agua que reciben los tapatíos, la cual es hipotéticamente potable, pero en realidad, viola, al menos en el tema de color, la norma oficial mexicana en la materia: nos estamos acostumbrando a agua parduzca, amarilla o de otros colores, porque no se aplican en volumen, continuidad y técnica, los químicos indispensables en las plantas potabilizadoras de Miravalle, Las Huertas y San Gaspar, como me lo dijeron tres ingenieros expertos en química y conocedores de sistemas de tratamiento del agua: Héctor Salgado Rodríguez, ex rector del Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingeniería (CUCEI) de la UdeG; César Gómez Hermosillo, investigador de Departamento de Ingeniería Química del mismo CUCEI, y Antonio Gómez Reyna, ingeniero investigador y miembro del Observatorio Ciudadano para la Gestión Integral del Agua.

“La turbidez es una de las medidas iniciales para determinar si el agua es potable o no en la norma 127 (…) en el proceso de tratamiento es importante saber la fuente de agua que se va a tratar; una cosa es Chapala o los pozos de Toluquilla. Luego está el proceso: le quitan sólidos gruesos, luego le añaden elementos para coagular sólidos, es decir, sulfato de aluminio, para trabajar en los clarificadores, y luego se añade polímero para mejorar la calidad del flóculo, la parte de sólidos que se asienta, que separa agua turbia y agua clara, y finalmente pasa a los filtros, y luego la desinfección a cloro y gas”, explicó Salgado.

Lo que ha ocurrido, subrayó, “es que se dan fugas de agua turbia por mala operación de los filtros” cuando se aplican en exceso algunos de estos aditamentos y se saturan de sólidos. Si el filtro no tiene buen mantenimiento, eso explica las fugas que se van por la red.

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La urgencia de un nuevo acueducto

La expansión de la ciudad, horizontal y vertical, incide en agravar los problemas: se estima que la industria inmobiliaria aporta al menos 10 por ciento del PIB y tiene un enorme peso sobre la política local, sea el gobierno del estado o los ayuntamientos.

Esto detona una búsqueda incesante de fuentes de agua para detonar fraccionamientos nuevos o edificios cada vez más altos, que representan una sobreoferta de vivienda, lo que solo interesa al sector financiero, donde incluso es imposible descartar al blanqueo de capitales del crimen o la corrupción.

El tema es que ese incentivo perverso ni siquiera arroja resultados eficientes: las obras por las que se ha apostado en los últimos años son, para decirlo sin timidez, un fracaso. El mejor ejemplo es la presa El Zapotillo, en Los Altos de Jalisco, que fue concebida para entregar a la ciudad al menos 150 millones de m³ anuales, aunque en el proyecto de mayor envergadura se buscaba elevar esa extracción a más del doble de lo que hoy aporta el Lago de Chapala (para llegar a casi 500 millones de m³ anuales), pero hoy, con una cortina de apenas 60 metros de altura, no garantiza siquiera 40 millones de m³.

Es el resultado de la pésima gestión de la obra en los gobiernos de Emilio González y Aristóteles Sandoval, y que terminó en la irrelevancia con la notoria incapacidad de negociación que tuvo el pasado gobernador, Enrique Alfaro.

Y más allá de las acusaciones de exceso de oferta, la verdad es que la ciudad sí presenta un déficit, pero, sobre todo, un riesgo de ver reducido dramáticamente su abastecimiento: el acueducto Chapala-Guadalajara, con 34 años en operación, ya rebasó su vida útil.

Si colapsa, la ciudad vivirá sus peores momentos en más de un siglo. Es hora de tomar decisiones correctas, aunque sean impopulares y no tengan el respaldo de los que han enarbolado la defensa a ultranza del lago.

MATRIMONIO POR CONVENIENCIA
Guadalajara tiene desde el año 1955 un matrimonio indisoluble con el Lago de Chapala. Sus aguas superficiales han sido uno de los factores esenciales del éxito de la capital de Jalisco como enclave económico, cultural, social y político. La posibilidad que da tener a 45 kilómetros de la ciudad el mayor lago del país, que en plenitud puede alcanzar casi ocho mil millones de metros cúbicos, esto es, ocho millones de millones de litros, es un privilegio del que han carecido otras grandes ciudades mexicanas, como Monterrey, Puebla, Tijuana, Toluca, o la misma Ciudad de México.

Guadalajara ha extraído del lago cada año entre 190 y 240 millones de metros cúbicos, lo que equivale entre 55 y 60 por ciento de la dotación total del servicio. Esto signifi ca que todavía extrae de su acuífero subterráneo alrededor de 100 millones de m³, y transporta de tres represas de Los Altos de Jalisco, hasta 65 millones de m³ anuales. La ciudad consume, de este modo, cerca de 400 millones de m³, una dotación diaria de 202 litros por habitante, pero incluidos todos los usos y los nueve municipios metropolitanos.

Esto da pie para explicar que la construcción de la segunda línea del acueducto Chapala-Guadalajara es urgente. El riesgo no es que el SIAPA nos quiera traer más agua de Chapala, sino que la ciudad colapse porque se vea interrumpido el flujo desde su principal fuente de abastecimiento.

NUEVAS INFRAESTRUCTURAS
El ecologismo ha dado cosas muy importantes a la sociedad contemporánea, pero a veces, o esconde otros tipos de intereses (vale la pena el expediente de cómo California comenzó el cierre de sus centrales nucleares en una campaña ecologista… pagada por las petroleras), o sencillamente, su planteamiento radical de reducir el impacto ambiental a cero, es una utopía cuyo traslado a la realidad puede traer serias pesadillas en el mundo. Oponerse a construir la segunda línea del acueducto Chapala-Guadalajara entra, al menos, en la segunda de las opciones.

Resulta un delirio sustituir el lago, una fuente confiable y continua y de costo menor en bombeo, por la cuenca del Río Verde, cuya infraestructura es insuficiente, se ubica en zonas de escasez de lluvia e impacta derechos económicos y sociales que ya mostraron su músculo en la crisis de la presa El Zapotillo, y que, además, en el caso improbable de que haya dinero a manos llenas para construir nueva infraestructura.

Importante cerrar el paso a la mala información: al construir la segunda línea, se tiene posibilidad de rehabilitar progresivamente la primera, lo que hará una infraestructura confiable. Decir que eso hará que se saque más agua a Chapala es falso: si en el remoto pasado se podía saber con relativa precisión el agua que se extraía de un cuerpo de agua, en la actualidad, la más moderna tecnología obliga a los usuarios de agua a no violar los términos de su concesión, así se trate del uso público-urbano, que es prioritario de acuerdo a la Ley de Aguas Nacionales. Es decir, ganamos en precisión respecto a la extracción.

Una segunda ganancia es que el primitivo acueducto que entró en operaciones en 1955, denominado “canal de Atequiza” deje de usarse para agua potable, pues no está revestido, lo que implica pérdidas cuantiosas por evaporación, además de que está expuesto a contaminación, pues atraviesa poblados y zonas agrícolas (las cuales también poseen derechos sobre su uso). Solo quedaría disponible para una verdadera emergencia, y sería deseable y saludable que el gobierno del estado negociara esa agua con los agricultores, que tienen derechos sobre casi 90 millones de m³ más, para usarla como reserva de la ciudad…, lógicamente, a cambio de infraestructura y apoyos reales, tangibles. La imposición de proyectos ha sido un lastre para la gestión del agua en México. Un servicio ambiental debe ser pagado o compensado de forma satisfactoria. Abastecer a una ciudad tan rica no debería dejar en la ruina a las comunidades agrícolas y ganaderas, cuya agua se reduce a favor del gran conglomerado urbano y político.

Tercera ganancia, y la más importante: Guadalajara, al permanecer como usuario de Chapala, mantiene su peso político y económico a favor del rescate integral del mayor lago del país. La extracción de 240millones de m³ del lago no representa sino una fracción de lo que se aprovecha en la cuenca Lerma-Chapala, y en el caso de un embalse natural que no ha bajado de 3 mil millones de m³ en 20 años, de 6 a 8 por ciento de sus pérdidas anuales.

A cambio, Guadalajara negoció un acuerdo de distribución que le reportó más agua al lago y que impidió sus crisis de existencias recurrentes. Es verdad que hace falta mucho por mejorar la salud del lago, pero eso necesita inversión pública y presión política, que solo Guadalajara, y Jalisco, le pueden garantizar al gran lago.

De manera que ponerse a trabajar sobre el proyecto de la segunda línea del acueducto es una buena noticia para la ciudad, que debe dar paso a un verdadero proceso de discusión sobre cómo pasar a una nueva etapa de manejo del agua en el que traer agua de fuentes lejanas no es la solución, sino un sistema intermunicipal robusto que dé agua de calidad, reduzca al mínimo las pérdidas, segmente el agua de acuerdo al uso, la cobre a precios reales (sin dejar de subsidiar a quienes realmente lo necesitan), sanee los residuos y sobre todo, reutilice. Eso es construir un futuro sostenible y realista.

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