Cristina Díaz

Hablar de Jorge Mario Bergoglio, es hablar de un hombre que irradiaba amor, de ese hombre que en cada encuentro con la gente lo volvía un momento único y sorprendente, de ese hombre que con su sonrisa llenaba los corazones de quienes lo esperaban impacientes en la Plaza de San Pedro los días miércoles para verle de cerca durante la audiencia pública, escuchar su menaje y contagiarse de esa paz que sólo él podía transmitir.
Un Papa cercano, humilde, amoroso, que rompió protocolos, un Papa con olor a oveja que deja grandes enseñanzas que perdurarán a través del tiempo y que será recordado por su sencillez.
Francisco fue y será el sucesor de Cristo en la tierra que sacudió la Iglesia Católica por su pensamiento liberador, para algunos, pero que respondía a las necesidades de la modernidad de los tiempos.
El inicio de su Pontificado aquel 13 de marzo del 2013, estuvo marcado por su estilo único, ese Papa que sus compañeros Cardenales fueron “a buscar al fin del mundo” dejaría su huella imborrable.
Su primera visita pastoral fue a la Isla de Lampedusa, situada a 300 kilómetros de la costa africana, y que se encuentra en la periferia de una Europa que hace todo por evadir el problema de los migrantes. Si, el hijo de una pareja de inmigrantes italianos así empezó a dejar su huella.
Francisco fue un Papa inclusivo, que escandalizó a los más conservadores de la Iglesia Católica y quienes no pudieron con aquella frase que pronunció unas semanas después de su elección, cuando regresó de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janerio y rápidamente recorrió todos los rincones del mundo: “Si alguien es gay y busca voluntariamente al Señor, ¿quién soy yo para juzgarlo?”

Bergoglio nunca tuvo problema por llamar las cosas por su nombre, en su discurso del Año Nuevo de 2014, criticó públicamente a los Cardenales de la Curia, lamentando la propagación de “quince enfermedades” en los pasillos del Vaticano. “Alzheimer espiritual”, “rostro sombrío”, “rumor”, “calumnia”, “chismorreo”, “lucro mundano”, “exhibicionismo” fue una acusación sin tapujos.
El primer Pontífice argentino creó en 2014 una Comisión Pontificia para la Protección de los Menores, algunos de sus miembros se sintieron decepcionados y criticaron su eficacia, y abandonaron la Comisión. Al multiplicarse las revelaciones, en 2019 organizó en el Vaticano una cumbre sobre abusos con cerca de 200 participantes de todos los continentes, en dónde muchas víctimas narraron sus escalofriantes testimonios. A través del Motu Proprio, el Papa obligó a Sacerdotes y religiosos a denunciar los abusos, hizo más responsables a los Obispos estableciendo un procedimiento para investigar a los sospechosos de cometer delitos o encubrirlos, abolió el secreto pontificio que cubría los procesos por pederastia y modificó las penas en el derecho canónico para combatir más eficazmente a los curas pederastas.

El primer Papa Jesuita, hizo todo lo posible por mejorar la relación con el mundo musulmán y reanudar el diálogo, obteniendo resultados espectaculares, en particular con el Gran Imán de AlAzhar, Ahmed Al Tayyeb. En febrero de 2019, al final de una década marcada por las atrocidades de Daech en Oriente Medio, los dos líderes religiosos firmaron una declaración histórica sobre la fraternidad humana, un verdadero compendio de valores compartidos destinado a ser defendido por todas las religiones y entregado a todos los líderes influyentes. Este encuentro con los suníes inspiró incluso a Francisco para escribir su encíclica 2020 sobre la fraternidad humana, Fratelli tutti, un programa que hace de la “cultura del encuentro” un antídoto contra la indiferencia o la guerra y un camino hacia Dios
El Papa argentino, que en su juventud anhelaba ser misionero en Japón, será recordado como un personaje con muchos matices, liberador, humilde, controversial, critico, amoroso, pero, sin duda, con la sencillez de ese Jorge Mario Bergoglio que salió al balcón de la Basílica de San Pedro a pedir a los fieles que oraran por él, como ahora lo hace desde la Casa del Padre por nosotros.

