
Pbro. José Luis González Santoscoy
Es difícil encontrar las palabras adecuadas para despedir a alguien que marcó profundamente mi camino sacerdotal. Hoy, con el corazón lleno de gratitud y nostalgia, escribo estas líneas como un homenaje al Papa Francisco, un hombre de oración y un pastor cercano, sencillo y profundamente humano. Su partida deja un vacío inmenso en la Iglesia y en el corazón de quienes tuvimos la bendición de conocerlo personalmente. A través de estas líneas, deseo compartir algunas de las experiencias que viví a su lado y todo lo que aprendí de él, con la certeza de que su legado seguirá iluminando el caminar de la Iglesia
RECUERDOS DE MI CONVIVENCIA CON EL PAPA FRANCISCO
Mi historia con el Santo Padre comenzó en 2019, aunque su figura ya era muy familiar para mí mucho antes. Fue en julio de ese año cuando tuve la dicha de conocerlo en persona, gracias a una invitación para colaborar en un proyecto llamado “Plan Renova”, fundado por unos argentinos que habían sido discípulos del Papa desde sus tiempos como Obispo en Buenos Aires. Este proyecto me abrió la puerta para asistir a una audiencia privada en la Casa Santa Marta, el lugar donde el Santo Padre vivía dentro del Vaticano.
UN ACTO DE MAGIA Y UNA CATEQUESIS PARA EL PAPA
Aquel día, mi emoción era indescriptible. Sabía que me encontraba ante el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo en la Tierra, pero al mismo tiempo, al verlo y escucharlo, sentí la calidez de un padre, de un pastor que sabía estar atento a cada persona. Durante la audiencia, tuve la oportunidad de realizarle un acto de magia con un mensaje de catequesis, algo que no solo disfrutó, sino que recibió con la alegría de un niño. Fue un momento hermoso, porque más allá del truco, la enseñanza espiritual detrás del acto le causó una gran impresión. Desde ese día, nuestra relación se volvió más cercana y el Santo Padre comenzó a responderme de puño y letra cada carta que le enviaba.
Recuerdo que le dejé una carta y le expliqué que era una inquietud y una propuesta que yo tenía para las Comunicaciones en la Iglesia. Él la tomó en sus manos, se la llevó personalmente y me dijo que me respondería en breve. A los dos meses, recibí una llamada de la Nunciatura Apostólica para decirme que el Santo Padre me había enviado una carta. Fue hermoso ese momento, porque me dio respuesta puntual y personal sobre las inquietudes que le había planteado, a la vez que me envió un regalo que guardo con mucho cariño.
Era increíble recibir sus respuestas personales, pues compartimos en varias ocasiones correspondencia por correo electrónico, aunque él siempre escribía a mano y me enviaban sus respuestas escaneadas, algo que demostraba su sencillez y cercanía. El Papa Francisco no solo escuchaba, sino que se tomaba el tiempo de responder, de hacer sentir a cada persona valorada, sin importar cuán grande o pequeña fuera su labor en la Iglesia.

UN REGALO INESPERADO: EL PRÓLOGO DEL PAPA PARA MI LIBRO
Mi relación con el Papa Francisco continuó a través de la correspondencia. En un momento difícil para todo el mundo, cuando la pandemia de COVID-19 marcaba la vida de millones de personas, sentí en mi corazón el llamado a plasmar los testimonios de fe y esperanza de aquellos que me había tocado atender espiritualmente cuando visitaba los hospitales COVID como Sacerdote.
Así nació mi primer libro, Contagiado de amor, una recopilación de relatos que daban testimonio del amor de Dios incluso en medio del sufrimiento. Con la confianza que me había dado nuestra relación epistolar, decidí escribirle al Papa para presentarle el proyecto y pedirle, con sencillez, el favor de escribir el prólogo. Para mi sorpresa y emoción, días después recibí su respuesta, escrita de su puño y letra. En esas líneas, el Santo Padre no solo aceptaba mi petición, sino que compartía palabras llenas de ternura y profundidad sobre el sentido del amor en tiempos de crisis. Tener su prólogo en mi libro fue un regalo inmenso, un signo más de su cercanía y su sensibilidad ante el dolor de la humanidad.
UNA NUEVA INVITACIÓN
Meses después que salió el libro Contagiado de amor, en enero de 2021, en plena pandemia, tuve otra oportunidad de encontrarme personalmente con él. El Papa me concedió una audiencia privada en el Palacio Apostólico para grabarle una entrevista, en donde pude entregarle personalmente un ejemplar. Cuando entré a la sala donde me recibió, al verme, lo primero que me dijo fue:
— ¿Hoy no me vas a hacer magia?
Yo sonreí, porque, aunque mi intención principal era entregarle el libro y realizarle la entrevista, había preparado un acto de magia por si el momento lo permitía. Y así fue. El Santo Padre, con su calidez y buen humor, disfrutó nuevamente de este pequeño gesto que se convirtió en una tradición entre nosotros.
Pero ese viaje tuvo algo más especial, fui hospedado en la Casa Santa Marta, compartiendo durante una semana el ambiente donde el Papa Francisco vivía su día a día. Fue allí donde fui testigo de su sencillez, de su cercanía con quienes lo rodean, de su modo de vivir el Evangelio de una forma tan natural y humilde.
UN PAPA DE SAGRARIO Y DE MESA COMPARTIDA
Recuerdo con especial cariño un momento en el comedor de la Casa Santa Marta. Estaba sirviéndome la comida cuando el Papa se me acercó con su característico buen humor y me preguntó:
— Padre, ¿puedes hacer aquí magia?
Emocionado, sonreí y le respondí que sí. Entonces, con una sonrisa traviesa, me dijo:
— ¿Puedes aparecer más comida?
A lo que respondí con una risa sincera:
— Santo Padre, hago magia, pero no milagros.
Me dio una palmada y se fue a sentar.
Este pequeño intercambio resume perfectamente lo que el Papa Francisco fue: un hombre de fe profunda, pero también de una humanidad desbordante. Su sentido del humor y su capacidad de hacer sentir cómodos a los demás reflejaban su estilo de liderazgo, basado en el amor, la cercanía y la sencillez.
Sin embargo, lo más impactante de esos días no fue el humor o la convivencia en la mesa, sino ser testigo de su vida de oración. Recuerdo verlo entrar en la capilla de la Casa Santa Marta, arrodillarse ante el Sagrario por momentos prolongados y permanecer en silencio profundo, entregando todo su ser en la oración.
Fue ahí donde comprendí que, más allá de la figura pública, de los discursos, de los viajes y las audiencias, el Papa Francisco fue, ante todo, un hombre de Sagrario, alguien que se nutría de la presencia de Dios y desde ahí guiaba a la Iglesia.

EL ÚLTIMO ENCUENTRO CON FRANCISCO
Mi última experiencia con él fue en enero de 2024, cuando asistí a una audiencia general para presentarle mis últimos dos libros. Aunque en esta ocasión el encuentro fue más breve, la calidez y cercanía del Papa fueron las mismas. Conservo ese momento con mucho cariño, sabiendo que cada vez que estuve frente a él, pude sentir no solo la autoridad del Pastor Supremo de la Iglesia, sino también la ternura de un padre que mira con amor a sus hijos.

UN LEGADO DE CERCANÍA, ALEGRÍA Y SENCILLEZ
Ahora que el Papa Francisco ha partido de este mundo para encontrarse con el Padre, el legado que nos deja es inmenso. No solo será recordado como el primer Papa latinoamericano, el Papa de la misericordia, el de las reformas o el de la opción por los pobres; sino que Francisco será recordado como un Papa humano, cercano, que supo romper con los esquemas rígidos para volver a la esencia del Evangelio, el amor y la alegría de servir.
Tuve la bendición de vivirlo de cerca, de compartir con él pequeños momentos que se quedarán en mi corazón para siempre. Francisco fue un testimonio viviente de lo que significa confiar en Dios, reír con los demás, compartir la mesa, doblar las rodillas ante el Sagrario y seguir el Evangelio con valentía.
Hoy conservo todas sus cartas, un solideo que me regaló, recuerdo sus palabras y guardo en mi memoria cada gesto, cada sonrisa y cada muestra de su inmensa humanidad. Si algo me quedó claro después de haber compartido con él, es que el Papa Francisco fue un pastor que caminó junto a su rebaño, que nunca se sintió superior, que supo abrazar, escuchar y sonreír.
Su partida nos llena de dolor, pero también de gratitud. Gratitud por haber tenido un Papa que nos enseñó a vivir el Evangelio con sencillez, que nos recordó que el poder no está en los títulos, ni en los cargos, sino en la capacidad de amar, servir y estar cerca de los demás.
Gracias, querido Santo Padre, por su vida, por su testimonio, por su alegría y por cada truco de magia que nos permitió compartir.
Descanse en la paz del Señor.

