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Francisco Orozco y Jiménez, el Arzobispo de la persecución religiosa

por Gabriela Ceja Ramirez
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LA FORJA DEL LEÓN HERIDO, A 90 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO

PBRO. JOSÉ ANTONIO LARIOS SUÁREZ / SECCIÓN DIOCESANA DE EDUCACIÓN Y CULTURA

Francisco Orozco y Jiménez nació en Zamora Michoacán, el 19 de noviembre de 1864, su vida transcurrió en el seno de una familia acomodada y de hondas raíces católicas, su madre murió cuando él tenía nueve años, en Zamora cursó las primeras letras y la educación media en Jacona a partir de 1876, en un colegio cuyo director, don Antonio Plancarte, eligió a quince estudiantes para formarlos en el Colegio Pío Latino de Roma.

En Roma permaneció hasta 1888, alumno de la Universidad Gregoriana, donde obtuvo grados mayores en filosofía y teología, dominó las lenguas clásicas: latín y griego, y las modernas: italiano, francés, inglés, portugués, cuando se convirtió en obispo de Chiapas aprendería con mucha familiaridad las lenguas tzotzil, cachiquil, c’hol y zeltal.

En Roma recibió la ordenación sacerdotal en 1887, en 1896 recibió el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia de México.

En su Diócesis de origen, el polémico Obispo José María Cázares y Martínez, lo suspendió indefinidamente, por no comulgar con él en sus ideas, fue recibido en la ciudad de México para ejercer su ministerio, el Arzobispo de México lo hizo rector del Colegio Clerical de San Joaquín y vicerrector del Seminario Conciliar. También fue notario del quinto Concilio Provincial de México (1885) y del Primero Plenario de América Latina en Roma (1899).

OBISPO DE CHIAPAS

El 30 de mayo de 1902 el Papa León XIII lo nombró obispo de Chiapas, lo consagró el Arzobispo de México, don Próspero María Alarcón, llegó a su Diócesis el día 3 de diciembre de 1902, apenas le fue posible, implementó las directrices doctrinales del Papa León XIII.

En lo material, se entregó de inmediato a la reconstrucción de la Catedral gravemente afectada por terremotos recientes, visitó todo el obispado, repobló la Diócesis de religiosos y religiosas, formó el archivo histórico diocesano, editó el primer tomo de documentos históricos del obispado de Chiapas, se empeñó en aprender las lenguas nativas de su territorio pastoral, visitó frecuentemente a las comunidades indígenas, promovió las artesanías de todo género, entre las comunidades fomentó la riqueza de su cultura.

Instituyó un centro de formación para los catequistas de las comunidades, realizó el primer sínodo diocesano, abrió escuelas de alfabetización y promoción en las comunidades rurales. Manifestó una especial preocupación por el pueblo chamula, el más reacio de la región, llegó al paso del tiempo a ser considerado un verdadero padre por estos indígenas, con los que en algunas ocasiones compartía la mesa episcopal, conociendo la realidad de miseria, se esforzó en acompañarlos y auxiliarlos.

Se le acusó de ser instigador de Pajarito -un indígena que se alzó en armas en defensa de los derechos de la ciudad de San Cristóbal en contra de Tuxtla- y a quien el Obispo conocía bien, la prensa le acusó de ser la cabeza de dicha revuelta haciendo demasiado ruido, provocando una secuela de pena y escándalo para sus feligreses que habían recibido de él todo género de ayuda: luz eléctrica, agua potable, caminos planeados hacia Tuxtla y Comitán, empedrado de las calles de San Cristóbal.

SU LLEGADA A GUADALAJARA

En diciembre de 1912, el Papa Pío XI designó a Orozco y Jiménez Arzobispo de Guadalajara, cargo que desempeñó entre 1913 y 1936, 23 años estuvo al frente de su arquidiócesis, el contexto de su llegada a Guadalajara fue prácticamente a la par del acontecimiento nacional conocido como “decena trágica”, con el asesinato de Francisco I. Madero, por lo que en el país se desató una anarquía que se prolongaría hasta 1935.

Apenas llegado Don Orozco a Guadalajara, el ejército del General Álvaro Obregón confiscó los bienes de la Iglesia, Guadalajara no fue la excepción, se apropió del seminario y de la casa arzobispal y la catedral fue ocupada.

Así inició su ministerio episcopal entre nosotros, y fue apenas el exordio de lo que sería la persecución religiosa, sus cinco destierros y la lucha por la libertad religiosa mediante la resistencia pacífica.

Todos los elementos antes mencionados, aunados a la forja del carácter de este hombre de Dios, su contexto de vida, de formación y ministerio, hicieron un pastor indomable que no se arredró ante la adversidad y que permaneció de pie ante los duros embates de la persecución, sin abandonar a sus ovejas y en la vivencia de un martirio incruento que lo llevó a dar la vida por su rebaño, como lo reflexionaremos en un artículo posterior.

El próximo 18 de febrero se cumplen 90 años de su regreso a la casa del Padre.

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