PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
Las fiestas anuales para celebrar tanto el regreso de la Virgen a su Santuario, como su Patronato sobre la Arquidiócesis de Guadalajara, comenzaron el 7 de octubre, aunque de hecho los festejos que anualmente se le rinden iniciaron desde el lunes de Pascua, enlazándose luego con la visita anual jurada, que comienza el 20 de mayo.
El 7 de octubre la parte norte del Centro Histórico se inundó de lazos y arcos de flores a partir del mercado Alcalde y hasta el Santuario de Guadalupe, donde se tributó a la Virgen una emotiva y espléndida recepción. Al día siguiente, tocó el turno del templo de San José de Gracia, donde la fiesta fue igualmente muy participada y esta antiquísima tradición volvió a tomar las calles del Centro, haciéndose presente para todos; en el entretanto, un solitario predicador evangélico, en el jardín Reforma, lanzaba sus críticas apocalípticas apoyado por fuertes bocinas, atacando la fe y en específico, la dimensión cultural y festiva del catolicismo.
La procesión para llevar la venerada Imagen a la Catedral tapatía atravesó varias calles del Centro, desde San José hasta el mercado Corona, destacándose sobre manera la organización de los comerciantes de la calle Zaragoza y la proverbial manera de recibir a la Virgen. Una vez recorridos varios pasillos y niveles del mercado se celebró la Eucaristía en su plazoleta, terminada la cual, la procesión se dirigió a catedral en medio de una gran concurrencia de fieles, y para asombro y sorpresa de numerosos turistas que por allí pasaban. Las 19 campanas de sus torres no cesaron de expresar y potenciar la alegría de la gente, mientras en el interior del recinto las aclamaciones hacían vibrar sus muros centenarios. Correspondió al cabildo catedralicio recibir y presentar el saludo de bienvenida a la Virgen, luego de lo cual se cantó la Salve y se colocó la venerada imagen en el trono que le fue preparado.
Del jueves por la tarde y hasta las seis de la mañana del domingo, estuvo la Virgen en la Catedral visitada todo el tiempo por una gran concurrencia de personas, a las que cada día se iban sumando peregrinos venidos de muy distantes y diversas partes, la noche del día 11, única noche del año en que la catedral no se cierra, la afluencia de gente era extraordinaria y las filas para ingresar se hacían muy largas, pero formarse y esperar no era molesto para tantísimos fieles, llevados todos por la noble intención de mirar a la Virgen, darle gracias y encomendarle sus asuntos.
La llevada de la Virgen a su Santuario inició poco después de las seis de la mañana en medio de un contingente de danzas, bandas de música y de guerra, agrupaciones y guardias que rebasaba los cuatro kilómetros, en el entorno cientos de miles de fieles refrendaban su devoción y su pertenencia en una manifestación que con toda razón es patrimonio mundial de la humanidad.
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