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“Hay que seguir trabajando”

por Quetzali Hernández
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LAURA CASTRO

Una de las realidades más sentidas en un país democrático y que generan más impotencia, es la ausencia de una oposición que trabaje y proponga, no para enriquecer o dinamizar la vida política de tal país, sino para aportar ideas y diseñar programas, iniciar leyes, cubrir lagunas en diferentes rubros del acto de gobernar, funcionar como contrapeso y contribuir, con un trabajo auténtico y bien documentado, a la construcción de un proyecto de nación que tenga una base filosófica sólida, visionaria, trascendente, con valores y misiones específicas para alcanzar objetivos siempre benéficos para la población a la que representan.

En democracias más avanzadas la alternancia ha adquirido carta de residencia porque prácticamente los grupos políticos se pelean por proponer los mejores proyectos de nación y mejorar siempre las condiciones de vida de los ciudadanos; la oposición no se la pasa rumiando su derrota ni reciclando señalamientos sin pruebas contra los que estén al frente del gobierno. Al contrario, en esas democracias, por encima de cualquier interés político electoral e inmediatista está el superior, el de la nación y trabajan en consecuencia. Mientras mejores resultados, más posibilidades de ganar la próxima elección y salir de la oposición para ser gobierno. Y así.

Lamentablemente en México, después de las alternancias y de lo que se conoce como gobiernos de transición, quienes han quedado en la posición de opositores no han entendido que lo que toca es trabajar a favor de México y los mexicanos, bien, con ideas, propuestas, leyes, señalamientos con pruebas y aportaciones para beneficiar al país y a sus habitantes. La oposición aquí tendría que estar trabajando ya en un proyecto de nación y también debería estar buscando y fortaleciendo una candidatura contundente para las próximas elecciones presidenciales, dos asuntos que se convirtieron en lecciones tan grandes como catedrales pero que no han querido ver, mucho menos aprender.

En el ínterin, hay un gobierno federal que está trabajando por y para salir de los rezagos históricos prácticamente en todas las materias y, con todo, falta mucho por hacer.

Hace una semana, en el Zócalo de la Ciudad de México, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo cerró las giras de la rendición de cuentas al cumplir un año de gestión al frente del Ejecutivo federal, la primera mujer en nuestra historia. Y a la relación de acciones y hechos completados o iniciados en un año, agregó los pendientes ya agendados para los próximos.

No es un trabajo improvisado, hay una filosofía, ideas y acciones, valores, planes para ir desahogando y un modelo económico que hasta ahora ha dado resultado.

En primer lugar, se rompió con las estructuras construidas durante 36 años enfocadas en modelos económicos neoliberales, es decir, diseñados para prácticamente desaparecer al Estado, evitar los programas sociales como derechos (eran dádivas), mantener bajos los salarios de las clases trabajadoras en aras (dizque) de la productividad y abultar los paquetes de privilegios para los de por sí ya poderosos, con asignaciones de obras, condonaciones de impuestos, con ventas ventajosas de paraestatales, tráfico de influencias, compra de jueces y otras prácticas perversas nocivas para las mayorías.

Romper con eso implicó, y se practica, fundamentar con base en el Humanismo mexicano un modelo económico en el que prevalezca la economía moral, las máximas de “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre” y “por el bien de todos primero los pobres”, con la conciencia cada vez más fuerte y consolidada de nuestra historia y nuestra grandeza.

Poner en práctica este modelo incluye aplicar programas como el Plan México, en el que está participando el sector empresarial del país y tiene como propósito impulsar el desarrollo donde es menor para contribuir a la disminución de las desigualdades. Esto se traduce en inversión pública y privada, polos de bienestar, empleo, ingresos y fortaleza del mercado interno.

También contempla la ejecución de obras estratégicas generadoras de empleo y de inversión, además de que se fortalecen las comunicaciones y los transportes en todo el país: carreteras, trenes de pasajeros, puertos, aeropuertos, una mejor administración y obras vinculadas con agua y saneamiento; más las asociadas a la generación de energías.

Los ingresos de los mexicanos se han incrementado 135 % de 2018 a la fecha y más de 13.5 millones de personas han salido de la pobreza, en un logro sin precedentes reconocido por instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial y el FMI, que no es poca cosa dada su esencia neoliberal.

Hay filosofía, conciencia histórica, valores, una disciplina férrea en el manejo de las finanzas, desafíos internos y externos, deudas de diversos tipos con las que lidiar porque le corresponde al Estado mexicano y conflictos recientes cuyos incendios toca apagar. No es fácil. Somos un país con más de 130 millones de personas, con rezagos históricos impresionantes, profundos, con atavismos e inercias. Lo dijo la presidenta Sheinbaum “hay que seguir trabajando”.

Ojalá la oposición sumara para avanzar más rápido, pero en México la clase política en esa posición sigue atrapada en el trauma por la derrota, en las elucubraciones fantásticas, en la frustración y la amargura; cero aportaciones, cero proyecto de nación.

La autora es periodista, doctora en Historia, docente en ITESO. Correo electrónico: lauracastro05@gmail.com

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