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Heridas de la niñez

por Quetzali Hernández
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Desde el Corazón

QUERIDA LUPITA:
Me vine a los Estados Unidos a trabajar para sacar a mis hijos adelante. No pude traerlos conmigo hasta 4 años después, hoy tienen 8 y 9 años. Ellos resintieron mucho mi partida, pues primero nos dejó su padre y luego yo me fui, están muy groseros y desobedientes. Necesito saber cómo actuar.
Josefina C.

La situación que me planteas es cada vez más común, buscando lo mejor para nuestros hijos podemos herirlos sin querer. Recuerdo una frase que vi escrita en un consultorio de terapia psicológica: “Los padres de familia de hoy trabajan mucho para darles lo mejor a sus hijos, pero no están con ellos”. Y es que el mundo acelerado y consumista nos convence de vivir para producir, y en ocasiones quedamos engañados pensando que lo mejor es dar cosas a nuestros hijos, cuando lo que más necesitan es nuestro tiempo, presencia y convivencia.

Los padres ausentes lastiman a sus hijos. Ellos necesitan sentirse valorados, protegidos y amados. Cuando se cubren estas necesidades generamos hijos seguros y confiados.

Las tendencias en educación actual nos llevan a dar importancia a las emociones de nuestros hijos, procurar entenderlos y dar espacio a sus sentimientos mostrando empatía y respeto, pero sin renunciar a mostrar la capacidad que tenemos todos de elegir nuestras respuestas. Esto es: dar lugar al sentimiento y validarlo, además, enseñar el dominio propio que nos permite elegir la respuesta más adecuada ante las circunstancias dadas.

Hablarles y modelar para ellos los valores esenciales: respeto, responsabilidad, generosidad, justicia, entre otros. Distinguir el bien del mal y reconocer los anti-valores, o las acciones que nos hacen daño a nosotros mismos y a los demás: faltas de respeto, irresponsabilidad, egoísmo, injusticia…

Para nuestros hijos hemos de ser siempre un faro luminoso, un puerto seguro. Ellos deben saber que cuentan con nosotros para su bien, que tenemos palabras bondadosas y sabias para compartirles en todo momento. Pidamos a Dios la sabiduría que nos permita actuar conforme a sus designios.

“Educa a los niños y no tendrás que castigar a los hombres”. Pitágoras. Cuando se trata de educar a los hijos pidamos en primer término la ayuda de Dios, así que el primer paso será orar. Orar sinceramente por el bien de nuestros hijos y el nuestro propio, la oración eficaz siempre lleva a la acción asertiva.

Lupita Venegas/Psicóloga
Facebook: lupitavenegasoficial

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