
Víctor Ulín
En un restaurante o en una cafetería, pero puede ser hasta un bar, la mesa más pequeña tiene dos sillas.
Cuando llegas al lugar, el que te atiende o recibe te pregunta, incluso viendo que no vas a acompañado o precisamente por lo mismo: ¿mesa para cuántos? Para uno.
Comienza el aprieto. Encontrar una mesa desocupada para dos personas a la que se le pueda desprender una silla con facilidad si el mesero necesita acomodar a uno más en otra de cuatro o seis, por ejemplo.
Que la silla ocupada por una persona tenga y se mantenga con dos ofrece ambigüedad, pero legitima la compañía ausente, la de carne y hueso. La que pudo haberse levantado al baño o a cualquier otra parte del lugar. La que existe solo en los ojos de los que no ven a la otra persona de la mesa de dos sillas.
Mesa para uno irrumpe en voz alta en cualquier espacio público. Tres palabras que no encajan en la cotidianidad del lenguaje.
Es normal que las mesas las junten o le agreguen una silla más para completar una de seis o de diez personas.
La reducción de diez o de dos a uno es un abierto desafío a la lógica. Y a las ventas. ¿Se han fijado en las promociones de al dos por uno? O si lleva dos, le hacemos el 50 por ciento de descuento de lo que vale uno.
El límite es la mesa de dos sillas. Una mesa con una silla no está en la distribución ni en la estrategia de ventas de los diseñadores de interiores, de los publicistas o fotógrafos. Hasta el café va acompañado del pan.
Hoy me ha tocado una mesa de cuatro y hace un momento le han amputado una silla.
La persona que observó antes de venir a pedirme una silla, me pregunta todavía: ¿puedo tomarla? Pero no es para confirmar que pueda hacerlo, sino para asegurarse de que alguien no anda en el baño y yo la esté esperando, o para confirmar que nadie me acompaña aun viendo que solo estoy yo.
Si es uno, y hay mesas de cuatro sin ocupar, el mesero no tendrá problema en acomodarlo en una, si es que tampoco hay de dos que es donde seguramente termina uno cuando viene solo, en apariencia.
A veces, para no poner en aprietos al mesero, le respondo que necesito una mesa para dos. Sin problema, me enseña el camino y al llegar jala la silla, me siento y me entrega la carta.
La mesa que me han destinado en ocasiones ha sido hasta de cuatro sillas, habiendo incluso de dos, porque puedo entonces escoger si la clientela escasea y el mesero accede de buena gana. En el imaginario una mesa de cuatro sillas ocupada por dos no causa un exabrupto visual.
Lo que casi no encontramos (digo casi porque debe haber algún lugar en esta ciudad donde haya) son mesas con una silla.
Si está pensando en un bar, tampoco. En la barra hay una decena de sillas juntas en la que se puede sentar desde uno hasta diez, que pueden ser amigos. Lo mismo en los restaurantes de franquicias que disponen de una barra para acomodar a la gente cuando no disponen de mesas habituales. Entran todos.
Colocar mesas con una sola silla en los restaurantes o cafeterías no dudo que pueda animar a muchos que están en casa y que no se atreven a salir solo para ir a comer una hamburguesa o tomarse un café con un pastel o unas galletas.
Cuando uno asiste a un lugar, sería cómodo ocupar una mesa con una silla que ha sido dispuesta pensando en usted o en mí, sin improvisar. Saber que también contamos o que nos piensan cuando se reparten las mesas y sillas.
La gente que nos vería sentado en la mesa con una silla normalizaría la presencia de una persona sentada, sin compañía de carne y hueso.
Ir solo, no es condición de estar solo.
-Mesa para uno, por favor.
