
FABIOLA LOYA
“Soy porque nosotros somos” Ubuntu*
Hablar de igualdad, defenderla y luchar por ella parece algo difícil o fuera de la realidad ante los retos que hoy tenemos como sociedad. Esto se complica más si le sumamos el escándalo y la división que se empuja en las redes sociales, donde muchas veces solo se busca el famoso “clickbait” o “ciberanzuelo”. Ese contenido engañoso o sensacionalista que solo quiere ganar clics y llamar la atención de los internautas con mensajes que suelen ser incompletos o incluso malintencionados.
Si quitamos todo ese ruido de los medios, nos encontraremos con las discusiones que realmente importan, esas que analizan la raíz de los problemas y no solo las consecuencias. Lo mismo pasa cuando nos detenemos a pensar en qué es la Igualdad.
El camino que hemos tomado tiene una idea clara: entender la igualdad de una forma integral, como una base necesaria para construir una sociedad más libre, justa y próspera. Pero, ¿qué tiene que ver la igualdad con todo esto? La respuesta puede ser muy obvia, pero a veces se nos escapa. Podemos entenderla si miramos desde lo que nos rodea en la calle hasta lo más personal en nuestra familia.
La igualdad la podemos ver y sentir cuando caminamos por una calle bien iluminada que facilita el paso de cualquier persona, ya sea mujer, hombre, niña, niño o alguien de la tercera edad. La disfrutamos cuando encontramos parques o jardines dignos para el descanso y la recreación, sin importar en qué colonia vivamos o nuestra situación económica. Que todas y todos podamos disfrutar de lo que es público es el mejor ejemplo de lo que un gobierno debe hacer: crear condiciones iguales para que todos vivamos mejor.
La igualdad también es empatía. Es reconocer que ninguna persona es superior a otra por su origen, color de piel, idioma o nivel de ingresos. Cuando como sociedad decidimos ignorar esta verdad, empezamos a caminar hacia los pleitos, el resentimiento y, finalmente, hacia la violencia.
Por último, el corazón de la igualdad, el lugar donde nace todo lo bueno que nos define como seres humanos, está en nuestro espacio más íntimo. Nace en los lazos que nos unen, no solo por la sangre, sino por el cariño. La igualdad se logra cuando aprendemos que nuestra propia humanidad crece a través de la relación con los demás, con respeto y empatía. Es entender, de corazón, que todos somos iguales: personas humanas en todas nuestras dimensiones.
Formar personas maduras, empáticas y libres es el trabajo más importante que tenemos, seamos madres, padres, familiares o instituciones.
El verdadero camino hacia la paz empieza cuando aceptamos que cualquier tipo de desigualdad es abrirle la puerta a la violencia que tanto nos lastima.
Trabajar por la igualdad no es un tema de moda, ni de intereses de unos cuantos; es una lucha diaria por cuidar nuestra humanidad en un tiempo donde se está poniendo a prueba.
Por mi parte, me comprometo a seguir buscando y defendiendo la igualdad, por el bien de mujeres y hombres.
