
Pbro. José Antonio Larios Suárez.
La restauración de la Virgen de Zapopan, una reflexión para la vida espiritual y pastoral de nuestra Arquidiócesis
Cuando fuimos invitados por la Provincia Franciscana para enterarnos de los pormenores del proceso de restauración de la Imagen de la Virgen, al verla y escuchar la explicación profesional de lo que se encontró en ella, la intervención que necesitaría y el proceso a seguir, pensé que algo así sucede con nuestros procesos persona les y pastorales.
Las grandes realidades empiezan y se sostienen con recursos muy modestos para manifestar que la obra es de Dios.

Al contemplar directamente la Imagen original de Nuestra Señora de Zapopan, sin sus atavíos y sin el vaso de plata que la cubre, como es muy poco común contemplarla, la vimos pequeña, modesta, apenas una imagen de 34 centímetros de altura y un peso de 268 gramos, de pasta de caña de maíz.
Este signo, en sí mismo, es una invitación a vivir los valores del Evangelio, lo dice la misma Virgen María en el Magníficat, que el Señor ha levantado a los humildes, o san Pablo lo expresará diciendo que el Señor se ha valido de lo que no es, para confundir a lo que es.
Es impresionante ver como el Señor ha querido valerse de un signo tan modesto para realizar las grandes maravillas de la historia de la salvación en el occidente mexicano, se ha servido de este signo tan sencillo, sin embargo, tan poderoso para llevar adelante la obra de la evangelización.
Con frecuencia, algunos agentes de pastoral, nos quejamos de falta de recursos, deficiencias personales o de nuestras estructuras para evangelizar, olvidándonos que Fray Antonio de Segovia con lo único que contó para poner la cimentación de lo que hoy es la Iglesia de Guadalajara era la gracia de Dios, su celo pastoral y esta sencillísima Imagen que fue su instrumento de evangelización; con ello, él mismo formó la estructura, y puso los medios que construirían a futuro, no muy lejano, nuestra Iglesia Diocesana, que hoy cuenta con bastantes medios, recursos, estructuras para que el Evangelio de Jesucristo siga resonando en una comunidad tan vasta, pluricultural y con todos los retos propios de nuestra época.
Prefiero una Iglesia accidentada por salir y no enferma por el encierro, es el deseo del Papa Francisco.
Una Imagen de cinco siglos, siempre itinerante, cercana a los fieles, presente en medio de los acontecimientos, aún los más adversos, tiene señales del tiempo, accidentes, fisuras, intervenciones no profesionales, impurezas fuertemente adheridas a su rostro, entre otras muchas marcas.
La itinerancia, la cercanía, el no ser una Iglesia de “sacristía”, el hacer presente el Reino en todas las realidades y latitudes, provoca en nosotros heridas y cicatrices de las que debemos restaurarnos. A saber, estas intervenciones son la vida espiritual sólida, vida de sacramentos, de oración, de vida comunitaria, de acompañamiento y discernimiento espiritual.
EL MIEDO AL ANÁLISIS PROFUNDO A LOS PROCESOS, A RESTAURAR E INTERVENIR
Durante el proceso de restauración de la Imagen, se experimentó en algunos sectores de la población, la resistencia al proceso, el temor a que “perdiera su originalidad”, el deseo de dejar la Imagen como estaba.
Ciertamente en una pieza como la Imagen de la Virgen, no se trataba de repintar, ni renovar, ni cambiar estándares estéticos, era cuestión de preservar la originalidad de la pieza, su autenticidad, pero sí removiendo precisamente los repintes, emplastes, intervenciones no profesionales e impurezas adheridas que no formaban parte de la Imagen ni de su historia, así como de dar un tratamiento para la mejor preservación de la pieza sagrada.
En nuestra vida personal, espiritual y pastoral, siempre experimentamos resistencia a someternos a procesos, a examinarnos seriamente, preferimos dar por
hecho que estamos bien.
Nos cuesta remover adhesiones no propias del Evangelio que, con el devenir del tiempo, hemos superpuesto, por practicidad, porque siempre se ha hecho así, porque a nuestra miope visión se ve bien, sin capacidad de autocrítica y sin deseo que nos analicen minuciosamente, mucho menos con deseos de limpiar, restaurar y hacer brillar de nuevo lo que con nuestros emplastes hemos opacado y hasta sepultado del verdadero sabor cristiano.
Someternos a un proceso de profunda revisión, remoción, prevención y búsqueda de la originalidad del Evangelio siempre es indispensable, no tan solo contentarnos con cambiar de “pedagogías o procesos novedosos de evangelización”.
Sección Diocesana de
Educación y Cultura.

