
MARÍA CRISTINA GONZÁLEZ / UNIVA ONLINE
Hoy en día son muy numerosas las mujeres que van dejando huella en los diversos campos del entramado social; sin embargo, en el siglo XVII no era así. En un continente apenas descubierto, destaca la figura de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, quien, habiendo nacido en un pequeño lugar de nombre San Miguel de Nepantla, Nueva España, el 12 de noviembre de 1651 —según se dice—, llega a convertirse en insigne figura femenina dentro de la cultura latinoamericana y allende las fronteras de la América que la vio nacer.
Destacó por su gran capacidad intelectual; cuentan que a los tres años ya sabía leer y escribir, y que a los ocho habría compuesto su primera loa al Santísimo Sacramento.
Entre los años 1663 y 1665 fue admirada por sus dotes literarias, su inteligencia y sus amplios conocimientos, lo que le permitió ingresar en la corte del virrey Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, y de su esposa, la virreina Leonor de Carreto, quien se convirtió en su mecenas.
MUJER DE GRAN INFLUENCIA
Su obra en general —y sus poemas en particular— presenta una importante influencia de la literatura barroca española, que bien supo enriquecer y acompañar con toda la cultura adquirida a lo largo de su vida; de allí la presencia de figuras literarias, referencias mitológicas, personajes históricos, etcétera.
En 1667 decidió ingresar en el convento de las Carmelitas, mismo que pronto abandonó por problemas de salud. Tiempo después ingresó en la Orden de San Jerónimo de manera definitiva, donde vivió en una celda individual con cómodo espacio para su importante biblioteca y sus sirvientes.
En esta orden tuvo la posibilidad de continuar sus estudios, realizar investigaciones científicas, escribir diversos textos, componer canciones, elaborar obras de teatro, recibir visitas de amigos y realizar tertulias con otros intelectuales y poetas, así como desempeñar diversas actividades.
VIDA RELIGIOSA
Durante sus últimos años abandonó la escritura para dedicarse de lleno a la vida religiosa, prestando colaboración a sus compañeras del convento, con el fin de ayudar a quienes se habían enfermado a causa de la epidemia de cólera.
Sor Juana Inés de la Cruz falleció el 17 de abril de 1695, con tan solo 43 años de edad y a causa de la epidemia que azotaba la región. Fue enterrada el mismo día y la oración fúnebre fue orada por su amigo Carlos de Sigüenza y Góngora.
En pleno período barroco, Sor Juana reunió una notable erudición filosófica y teológica, que manifiesta en su poesía, tanto lírica como dramática. La antigüedad, la escolástica, el hermetismo y aun la modernidad le dejan una huella: fue atenta a todos esos movimientos de pensamiento, que supo recibir y transmitir.
Dada la situación de la mujer en esa época, pone énfasis en su obra en el tema de la reivindicación de la dignidad y los derechos de las mujeres de todos los tiempos. Responsabiliza por igual al hombre y a la mujer de los hechos de las relaciones interpersonales, censurando la visión masculina utilitarista, que considera a la mujer una propiedad para la satisfacción de los intereses del varón, lo cual expresa ampliamente en Redondillas.
Una clara manifestación de la inteligencia preclara de Sor Juana es la jerarquía de las facultades superiores que refiere en Dime vencedor rapaz: de una forma clara, amena y bellamente poética deja sentada la primacía de la razón, que ha de dirigir la voluntad y ordenar sentimientos y pasiones.
Sea su ejemplo ideal de cultura para las mujeres de las nuevas generaciones.

