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Inteligencia católica

por Quetzali Hernández
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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

En su vida terrenal, el Señor Jesús tuvo algunos encuentros con personas que representaban a la alta civilización grecorromana, ese mundo sofisticado de ciencia, tecnología y derecho envuelto en la suave cobertura de todas las artes. Recordemos el favor que Jesús hizo en beneficio de un centurión, y desde luego, el diálogo breve, franco, enigmático y respetuoso que tuvo con el procurador de Judea, Poncio Pilato.

Los apóstoles, en general, gente sencilla, si exceptuamos a Mateo que era profesionista, y posteriormente a Pablo, que era persona de gran cultura, debieron muy pronto enfrentarse también a esa civilización extraordinaria. Paulatinamente fueron entendiendo que los “sabios y entendidos” de este mundo, cumplen también con una vocación, y que su personal esfuerzo por comprensión el mundo en que se vive, era todavía más valioso, porque no lo habían adquirido gratuitamente.

No siempre la ignorancia es “santa”, ni la inteligencia “mundana”, ¡cuántos errores nos habríamos evitado con siquiera un poco de inteligencia y formación! Hoy día apenas si se puede advertir un campo del ministerio sacerdotal que no pueda ser avalado y enriquecido por las ciencias sociales, y por todas las ciencias en general, pero no siempre tenemos el interés o la inquietud del conocimiento, vaya, ni siquiera de la información, razón por la cual o seguimos cometiendo errores o perdemos la oportunidad de hacer mejor las cosas.

Es un fenómeno reciente, es decir, de dos siglos para acá, pues en el pasado, la Iglesia, ya desde el segundo siglo, se convirtió en líder del pensamiento y de la cultura, del diálogo y de la propuesta, de tal manera que una “inteligencia católica” acompañó a la comunidad cristiana por lo menos diecisiete siglos con un éxito extraordinario para la causa del Evangelio y de la misma civilización.

Pero de pronto el pensamiento se aceleró y aún se independizó de la Iglesia, la comunidad cristiana se fue encerrando cada vez más en sí misma y cuando decidió mirar de nuevo al mundo lo descubrió desconocido e incomprensible, lo que ha ahondado más esa separación, y esa pérdida de oportunidades.

Resulta entonces incomprensible que las cuatro actividades que un Sacerdote ha de realizar de por vida carezcan de una verdadera formación en los parámetros del momento presente, así: comunicar educar, organizar y promover, no son materias en ningún seminario, fuera de cursos eventuales que por lo mismo carecen de seriedad y eficacia. El Seminario entonces puede parecer experto en la formación doctrinal, pero no serlo en la capacitación práctica.

No obstante, estas cuatro funciones son profesiones en la sociedad, y de su asimilación y adecuado aprendizaje dependerá el éxito que se tenga al ejercerlas. En la Iglesia nos manejamos a la antigüita, cada quien que le haga como pueda, con los resultados lógicos y evidentes.

El Señor supo muy bien como promover su obra, tuvo un extraordinario manejo de la comunicación, sacó lo mejor de sus discípulos, y dio a su comunidad una estructura organizativa exitosa. Aprendamos de Él.
armando.gon@univa.mx

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