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Jesucristo, el Buen Pastor

por Quetzali Hernández
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Obispo Auxiliar, Ramón Salazar Estrada

La comparación del pastor de las ovejas con aquél que realiza una labor de acompañamiento, cuidado y orientación en el pueblo de Israel fue un tanto común. En el Antiguo Testamento se les llamó pastores a reyes, Sumos Sacerdotes y a quienes tuvieron un servicio de enseñanza y guía. Jesucristo, retomando esta comparación, se presenta como el Buen Pastor.

Yo soy el Buen Pastor. Yo conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre”.

La relación entre Jesús y los demás no se agota en el mutuo conocimiento o en el conocimiento de la Revelación que ofrece. El conocimiento del que la Palabra de Dios hace mención, señala cómo es que la relación considera, más allá de lo funcional, la cercanía, la estima y la atención por el otro. Jesucristo conoce a sus ovejas. No las busca como oyentes, como parte de su misión, mucho menos como propiedad, sino con aquella relación llena de caridad, pues las conoce como el Padre y Él se conocen. La relación entre el Padre y el Hijo manifiesta un significativo y permanente encuentro donde se comparte la misión salvífica de la humanidad.

La relación entre el Padre y el Hijo recuerda aquella alianza que Dios siempre ha querido establecer con su pueblo y con toda persona. Ahora esa alianza se concretiza en el Hijo que nos ha unido al Dios de la Alianza. ¡Qué soprendente relación! Mientras que Dios ofrece todo bien presente y futuro, la persona solo puede, si así lo quiere, corresponder en medio de su limitación. Sin embargo, la respuesta de la humanidad en Cristo ha logrado tal dimensión, que ha sido Cristo quien ha respondido misericordiosamente por todos. “He venido, oh Dios, para hacer tu voluntad” (HEB. 10, 7).

En tanto que la relación, cercanía, comunicación y correspondencia entre las personas tiene las características de la humanidad, del espacio y del tiempo, aquella que se guarda entre el Padre y el Hijo la sobrepasa de forma substancial. En efecto, este es el punto de referencia por lo que se llega a la pregunta y reflexión, a qué altura y dimensión quiere Jesucristo que se llegue a la comunión con la humanidad.

El Evangelio ha dejado la pauta del caminar juntos en la Iglesia y en el mundo. Partiendo de la fraternidad que Jesucristo manifiesta a toda persona, queda claro que la relación humana, del ámbito que sea, jamás podrá agotarse en el trato de hermanos en la fe, en la comunicación diaria, en la solidaridad tan indispensable. Frente a esta sola enseñanza, Jesucristo llama a observar toda forma de trato entre las personas. Superando cualquier diferencia social, cultural, racial, por supuesto que también la religiosa, lleva a sus discípulos a buscar la hermandad en la caridad.

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