
El santo Evangelio que nuestra madre Iglesia ofreció el domingo anterior, giraba en torno al misterio del mal, enfrentado por Jesús con la fuerza de la Palabra de Dios, interpretada a la luz del Espíritu. Hoy, segundo domingo de Cuaresma, en la escena de la Transfiguración del Señor, nos es revelado el inefable misterio de su soberana majestad, invitándonos a tomar conciencia de su filiación y disponernos a escucharlo, al contemplarlo en el Evangelio según San Lucas como el maestro supremo de la oración (Lc 9, 28-36).
SAN LUCAS ES EL EVANGELISTA DE LA ORACIÓN
Muchos rasgos distinguen el relato lucano de sus paralelos sinópticos (compárese Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10). De entre éstos nos referimos a la oración, por la crisis de interioridad que informa el espíritu de la época. Es una descripción original. Muestra a Jesús invitando a tres discípulos a subir “a un monte para hacer oración” (v. 28; compárese con Mt 17, 1; Mc 9, 2)
El tercer Evangelio destaca por mostrar nueve veces a Jesús orando; de las cuales solamente dos tienen paralelo en los otros evangelios sinópticos: Lc 10, 21-22 // Mt 11, 25-27; Lc 22,41 // Mc 14, 35; Mt 26, 39. Y las siete restantes se hallan cuidadosamente situadas: durante su Bautismo (véase 3, 21); después de realizar varias curaciones (véase 5, 16); antes de la elección de los Doce (véase 6, 12); en el relato de la confesión de fe de Pedro (véase 9, 18); en el momento de la Transfiguración (véase 9, 28-29); antes de la enseñanza del Padrenuestro (véase 11, 1); y en la crucifixión (véase 23, 34.46).
SAN LUCAS TIENE INTERÉS EN PRESENTAR A JESÚS COMO ASIDUO ORANTE
En la comunión de un amor filial absoluto, la vida y las enseñanzas de Jesús nos reenvían una y otra vez al verdadero centro de gravedad de su vida, que es su Padre (compárese Lc 2, 49).
San Lucas tiene interés en presentar a Jesús como un asiduo orante, quien se retiraba a lugares solitarios para comunicarse con su Padre:
“Estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: ‘Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos” (Lc 11, 1).
A partir de Jesús, hemos aprendido a invocar a Dios, con la misma con anza e intimidad con que se relaciona un hijo con su padre (véase Lc 11, 2).
UN SIGNIFICATIVO MOMENTO
DE LA VIDA INTERIOR DE JESÚS
San Lucas subraya que precisamente cuando Jesús: “oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes” (v. 29; compárese con Mt 17, 2 y Mc 9, 2-3).
Es un momento de verdad significativo de la vida interior de Jesús: La revelación y toma de conciencia de Hijo, ya que “de la nube salió una voz que decía: ‘Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo’” (v. 35). Este signi cativo momento coincide con el momento de su bautismo, dado que mientras “se hallaba en oración, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, y llegó una voz del cielo: ‘Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado’” (Lc 3, 21a-22).
Muy apreciables lectores, para actualizar el santo Evangelio del día de hoy, los invito a meditar unas precisas y preciosas reflexiones, que aparecen en un maravilloso libro, el cual puso en mis manos el padre José María Miñambres, uno de esos tantos sacerdotes generosos y humildes y compasivos y sabios, a quien siempre le viviré agradecido:
“Jesús seguirá siendo siempre el maestro supremo de la oración, no tan sólo porque habló de ella con pleno conocimiento de causa, sino por el ejemplo de su vida, porque oró mejor que cualquier otro hombre. Jesús vivió la oración perfecta en una vida particularmente atropellada, a veces agotadora. Pero por encima de todo, sigue siendo el Maestro de vuestra oración, ya que Él sólo, gratuitamente y por amor, puede introducir en la inteligencia, en la memoria y en el corazón, el verdadero espíritu de la oración. Nadie sabrá orar mientras que Jesús mismo no se lo haya enseñado en su interior” (R. Voillaume, En el corazón de las masas, STVDIVM ediciones, Madrid 1968, Sexta edición, págs. 92-93).
