Hermanas y hermanos en el Señor:
El misterio de la Navidad que este domingo concluimos con la fiesta del Bautismo de Jesús, tiene que ver profundamente con nuestra vida cristiana, con el fundamento de la vida de la Iglesia, con el soporte de la misión de la comunidad creyente y con los distintos ministerios con los que el Señor nos ha provisto para cumplir su misión en el mundo.
Todo este misterio de la vida cristiana, de la vida de la Iglesia, de la vida de los ministerios, se desprende del misterio pascual de Cristo, que comienza con la encarnación y el nacimiento de Jesús, y culmina con su muerte, su Resurrección, su Ascensión al Cielo y el envío del Espíritu Santo.
El Niño Dios que contemplamos y adoramos es el mismo que creció y llegó al sacrificio de la cruz. El Hijo del Padre tomó el cuerpo que necesitaba para padecer, para morir, para entregarlo por nosotros.
Estuvimos celebrando en Navidad el misterio pascual en sus orígenes, desde el nacimiento de nuestro Salvador hasta su bautismo.
El precursor del misterio del nacimiento de Jesús fue Juan el Bautista. “¿Qué va a ser de este niño?”, se preguntaban cuando nació Juan, porque su nacimiento estuvo rodeado de acontecimientos extraordinarios, como su padre Zacarías que perdió la voz; fue concebido en la vejez, en situación de esterilidad. Todo indicó la capacidad que tiene Dios de hacer cosas nuevas a partir de lo que humanamente no es posible entender
Él es poderoso, es misericordioso. Dios salva, y para Él todo es posible.
Juan el Bautista anunció la presencia del Hijo de Dios hecho hombre entre los hombres, lo señaló como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, como el que llegaba a bautizar con la fuerza del Espíritu, como el Mesías, el Salvador, del que no es digno de desatar sus sandalias.
Todas las maravillas en torno al nacimiento y al anuncio de Juan el Bautista nos hablan de la grandeza del que nació en Belén, que viene con todo su poder, pero envuelto en la pequeñez y en la humildad.
Llegó el anunciado por Juan el Bautista no para humillarnos o aniquilarnos, sino para purificarnos como se purifica el material con el fuego, y salgan puros el oro y la plata. Viene para renovarnos, para reconstituirnos, no castigando, sino con toda pobreza y naturalidad.
El misterio de Jesucristo hecho hombre, encarnado en el seno de la Virgen María, bautizado por Juan, se percibe, se goza y se aprovecha si nosotros, desde la fe y la vida de gracia, permitimos que Él permanezca y se encarne en cada uno. Si los que somos clérigos nos sentimos llamados a hacer presente y vivo a Jesús, estamos comprometidos a permitir que Él se encarne y nazca en nosotros.
En la medida en que cooperemos y permitamos esta realidad sacramental, nuestra vocación será de una Iglesia que verdaderamente evangeliza. Mientras no permitamos que Jesucristo habite en nosotros, nuestra vida ministerial no podrá ser lo que debe ser, es decir, su presencia efectiva en el mundo.
Que el Señor, que hoy es bautizado en el Jordán, nazca permanentemente en nosotros, y que en nuestra vida crezca y se manifieste.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y
del Hijo y del Espíritu Santo.
