PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
El pasado 8 de marzo el exterior de la Catedral de Guadalajara y del Sagrario fueron vandalizados por una turba de personas encapuchadas. Apenas hace unos días el INAH autorizó la limpieza y restauración de los daños causados. Hace algunos años, el mismo Palacio de Gobierno de nuestra capital corrió igual suerte, lo que tuvo como efecto colateral el que permaneciera cercado por años.
Independientemente de las connotaciones políticas del suceso, converge la ideologización del movimiento feminista que, entre otras cosas, ha acuñado el término “iconoclasia”, y lo pone en ejecución, pues lo considera legítimo.
Iconoclasia para este movimiento es una acción específica orientada a la agresión directa de todo edificio o monumento, que desde su perspectiva simbolice el poder del patriarcado.
Por patriarcado entienden una sociedad masculinizada, donde la figura del macho y, por ende, del padre, se ha erguido a lo largo de los siglos como la fuente de todo poder y decisión, marginando y sometiendo a la mujer. Así que toda organización, institución, sociedad o cultura dominada por el patriarcado debe ser derribada y sometida.
Por la forma de actuar, de quienes ponderan la iconoclasia, queda claro que no solamente buscan un cambio de paradigmas,
sino que, además, quieren venganza por todos los siglos que la mujer sufrió, e igualmente, por las derrotas que sienten tener ante ciertas derrotas legales, particularmente, cuando grupos de Iglesia caen en el juego y asumen el papel de antagonistas.
La pertinaz ausencia de espíritu democrático o el hiperrealismo de los grupos vulnerados más tendientes a la anarquía, permite que lo que no se puede obtener en las urnas, se pretenda conseguir no a balazos, como antes, sino por medio de manifestaciones violentas y destructivas.
Todavía los defensores de un patriarcado a ultranza no se lanzan a la promoción contra manifestaciones, pero sí que incita a los ultraderechistas a promover una nueva cristiada, a proclamarse de antemano mártires de la iconoclasia y, sin acaso pretenderlo, defensores del peor de los patriarcados.
Ni qué decir que los movimientos extremistas ni quieren, ni mucho menos, buscan espacios de diálogo y de construcción en común de nuevos paradigmas. En ese aspecto el feminismo es radicalmente machista, autoritario, violento e impositivo, en definitiva, aprendió muy bien la lección.
La cuestión es: ¿qué se está haciendo en tanto llega otro 8 de marzo? ¿Se puede seguir destruyendo el patrimonio de las personas y de la sociedad sin ton ni son? ¿Pueden confiar los movimientos feministas sanos, en un diálogo honesto? ¿Si la iconoclasia es violenta y destructiva, se le debe aun así legitimar?
El magisterio del Papa Francisco no fue ajeno a estas realidades contemporáneas, e invitó a mujeres y hombres a construir un nuevo mundo más justo y equitativo, donde puedan superarse los extremos y se generen espacios para la vida y la armonía de todos, algo que no siempre se ha podido replicar en cada diócesis, como era su deseo.
armando.gon@univa.mx
