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La ciudad episcopal

por Quetzali Hernández
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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Llaman ciudad episcopal a la que sirve como sede de un Obispado. Nuestra Diócesis ha tenido dos ciudades episcopales: La primera fue la de Compostela, hoy en el Estado de Nayarit, donde la sede del Obispo estuvo, sin el Obispo, cerca de doce años; la segunda, fue la de la ciudad de Guadalajara, aunque por mucho tiempo la Diócesis se siguió llamando “Compostelana”.
Cuando la sede se trasladó a esta ciudad, la antigua y primera iglesia parroquial tapatía sirvió como catedral. De ese
edificio no quedan ni los cimientos, pero sobre parte del terreno se construirá afines del siglo XVII la actual iglesia de Santa María de Gracia.
Esta ciudad episcopal se mantendrá permanentemente no sólo como sede del Obispo, sino como centro operador y generador de la cultura católica en todo el enorme territorio de la Diócesis de Guadalajara, pues en ella se formará su Presbiterio y estarán las principales instituciones de asistencia social, replicadas en menor grado y alcance en Parroquias como Lagos, Aguascalientes, Saltillo, Zapotlán, Tepic o Zacatecas, que eran las principales comunidades de nuestra Diócesis.
Guadalajara será, pues, el cerebro y la clave identitaria tanto a nivel secular como eclesiástico, la fuerza aglutinadora y la fortaleza de la comunidad. Pese al impacto ideológico del nacionalismo religioso, que se sufrió sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, Guadalajara logró mantener su identidad más o menos sólida, situación que cambiaría sensiblemente después de la Guerra Cristera, sea por el nuevo ímpetu adquirido por dicho nacionalismo religioso, que sobre todo por el efecto de una inmigración cada vez más masiva y acelerada, lo cual explica que en muchas colonias de Guadalajara más pareciera que andamos en los barrios de Tepito que en esta ciudad.

Este fenómeno sucede, desde luego, en muchas otras ciudades masivamente invadidas por migrantes, que no sólo traen sus ganas de progresar, sino también su propia cultura, costumbres, tradiciones que luego tratan de imponer a la ciudad a la que llegan, a la vez que van relegando las originarias, porque no son las suyas, ni tienen la honestidad de adaptarse a ellas, también porque no existen pastoralmente procesos de integración cultural de los inmigrantes, a fin de evitar que actúen como devastadores de la identidad de esta ciudad episcopal.

El resultado final puede ser la deformación de una cultura católica acendrada, y su esterilización, Guadalajara convertida en un archipiélago de islotes culturales cuyo denominador ya no es la identidad católica tapatía, sino cualquier otro elemento traído, importado o impuesto, que, al carecer de raíces, carece igualmente de capacidad integradora.
Estamos próximos a celebrar el 493 aniversario de la fundación de Guadalajara, y el 483 de su traslado al Valle de Atemajac, habrá como siempre mucha fiesta, muchas luces y ruidos, ¿qué podría aportar la Iglesia, de valor y de fondo, a esta celebración? ¿Cómo contribuir a la reconstrucción de la identidad católica tapatía, en los tiempos actuales?
armando.gon@univa.mx

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