
HERMANAS Y HERMANOS EN EL SEÑOR:
La cercanía de la fiesta de Pascua nos llena de gozo, y mientras llega esta celebración, seguimos escuchando y meditando la Palabra de Dios.
Ahora pensamos en el contraste entre la luz y las tinieblas. Lo podemos hacer aludiendo a un dicho muy conocido cuando nace un niño: “Vio la luz”, y cuando alguien muere, también decimos: “Se apagó su vida”, es decir, dejó de ver la luz, y pasó a las tinieblas.
Somos sensibles a esta realidad. Es diferente lo que sentimos ante las tinieblas y ante la luz brillante del día, con la que experimentamos más seguridad. Cuando llega la noche todo cambia en nuestra psicología, en nuestro manejo de ver la realidad.
Por eso, Jesús, para que entendamos quién es Él para nosotros se presentó como la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Estar con Él es permanecer en la seguridad de la verdad, en la tranquilidad que da la luz. Si no estamos con Él, permanecemos en las tinieblas, en la inseguridad.
Lo que dijo el Señor de sí mismo, lo confirmó con la curación de un ciego de nacimiento, que -obvio- nunca había visto la luz. En cambio, cuando Jesucristo lo sana, salta de gozo a la vida porque ya pudo ver la luz.
Este prodigio desató mucha contrariedad en el corazón de los que no aceptaban al Maestro, y de este modo van e interpelan al que había sido ciego.
La persona sanada desarrolló un proceso para conocer a Jesús. Primero reconoce quién lo curó. Lo siguen acosando, y entonces lo define como Profeta, es decir, un enviado de Dios. Por último, cuando tuvo el encuentro posterior con el Señor, Éste le preguntó: “¿Tú crees en el Hijo del Hombre?”, y luego de conocerlo, dijo: “Creo que Tú eres el Hijo de Dios”, se postró y lo adoró. Descubrir a Jesús en nuestra vida es un proceso.
La verdad de la luz que Jesucristo nos trasmite es la fe en Dios y en su amor, manifestado en su Hijo, que murió y resucitó por nosotros. Es el esplendor de la luz que podemos experimentar en esta vida.
La luz plena que es la fe en Él nos iluminó el día de nuestro Bautismo.
Por eso, la Cuaresma se nos propone como un camino de renovación de la gracia y de nuestra luz bautismal, para que pueda volver a brillar en nuestra vida y en nuestros corazones.
Otro elemento que nos recuerda nuestro Bautismo es la unción con el óleo santo, el crisma que significa la presencia de Dios Espíritu Santo. Fuimos ungidos para ser en Cristo, sacerdotes y reyes.
Esa unción la debemos renovar en esta Cuaresma. Queremos llegar a la Pascua verdaderamente lavados y purificados, iluminados por la luz que es Jesucristo y ungidos por la fuerza del Espíritu Santo, como sucedió el día de nuestro Bautismo.
Concreticemos este mensaje viviendo como hijos de la luz. Dejemos las tinieblas, es decir, todo aquello que oscurece la vida, que es pecado, injusticia, mentira, y dejemos que brille en nosotros la luz de Cristo como brilló en cada uno el día de nuestro Bautismo, para vivir como hijos de la luz.
YO LES BENDIGO EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO.
