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La exploración espacial

por Gabriela Ceja Ramirez
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Alfredo Arnold

Hace apenas una semana comentábamos en este espacio el éxito de la misión espacial tripulada Artemis II, que voló sobre la cara oculta de la Luna y trajo de nuevo a sus cuatro tripulantes sanos y salvos a la Tierra. Fue el viaje tripulado al espacio más lejano hasta ahora, aunque no el más representativo, ya que Apolo 11 permitió en 1969 que el hombre pisara por primera vez la superficie lunar. Neil Armstrong, fallecido en 2012, fue el primer hombre que puso los pies sobre el suelo de la Luna.

La carrera espacial estaba prácticamente abandonada desde hace años, la razón principal es el costo-beneficio. El lanzamiento de naves espaciales tripuladas cuesta miles de millones de dólares que los gobiernos no están dispuestos a invertir, menos si existen riesgos como el fracaso de esas misiones, las tragedias que han ocurrido o el no tan atractivo beneficio que les representa esta industria.

En 1998 se creó una agencia multinacional, integrada por la NASA de Estados Unidos, Roscosmos de Rusia y las Agencias Espaciales de la Unión Europea, Japón y Canadá, que pusieron en órbita la Estación Espacial Internacional, desde donde se realizan constantemente estudios científicos. Pero dentro de poco tiempo, en 2028 para ser exactos, la estación se jubilará después de treinta años de servicio, de haber recibido a científicos de varios países y de haber realizado cerca de 300 mil órbitas a la Tierra (le da más de 15 vueltas al planeta cada día).

Decíamos que el costo de la exploración espacial es muy elevado. Se estima que el programa de la Estación Espacial Internacional costará unos 150 mil millones de dólares. Sin embargo, el costo del armamentismo y de las guerras actuales quizá superen esa cifra, además de lo que se tendrá que invertir en reconstrucción de los países dañados cuando los conflictos terminen… ¡si terminan!

La realidad es que el precio del desarrollo espacial no es nada barato y esta es una de las razones por las que ha sido abandonado, especialmente por el gobierno norteamericano.

Afortunadamente, existen particulares sumamente ricos que han tomado la iniciativa de encabezar y financiar proyectos. El programa Artemis es posible gracias a iniciativas y financiamiento de particulares. El SpaceX (que tiene la meta de llegar a Marte) también es privado, lo fundó Elon Musk en 2002 y uno de sus objetivos principales es crear el turismo espacial.

El espacio sigue siendo un campo experimental para el ser humano y lo más importante es la cooperación internacional, ya no la disputa por ver quién llega primero a la Luna, como sucedió con Estados Unidos y Rusia en el pasado. Ahora se tienen que plantear metas conjuntas, en las que intervengan varios países y se compartan los conocimientos que se van adquiriendo.

Así como nuestro mundo se fue desarrollando a lo largo de los siglos, quizá también Dios nos puso la tarea de explorar el espacio, de llegar a otros mundos por medio de la inteligencia, la cooperación y el esfuerzo humano.

La humanidad avanza, pero las trampas aparecen con demasiada frecuencia.

Por lo pronto, contentémonos con llegar nuevamente a la Luna. El camino será lento, pero fructífero si se recorre con paz e inteligencia.

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