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La fe cristiana

por Quetzali Hernández
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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El Señor Jesús nos redime y nos transforma. Redime nuestra naturaleza y la fortalece. Transforma nuestra conciencia, nuestra manera de ver la vida, nuestra forma de relacionarnos con Dios, con la humanidad y con la naturaleza del cosmos. Su mensaje sigue siendo radical pero salví co. A la Iglesia le fue con ada la obra de expandir por el mundo y por el universo esta buena nueva, y cumple con su misión en la medida que ella misma se mantiene viva, redimida y transformadora.

No obstante, de tiempo en tiempo se presentan etapas de crisis, de estancamiento y aún de decadencia, sea por las cambiantes condiciones del mundo, sea por procesos internos mal llevados, peor cuando ambas cosas coinciden en un mismo momento, como está sucediendo ahora.

La realidad contemporánea es de una extraordinaria vitalidad en el mundo llamado secular, el dominio de la información inmediata y global y el acceso rápido a todo tipo de espacios y situaciones genera una sensación de dominio y certeza, que ya no ensombrece ni la amenaza de las guerras ni los conflictos mundiales, aunque debería hacerlo. Algo similar ocurría en la sociedad imperial romana, opulenta, tecnificada, en constante expansión y dominio, admirada por todos los pueblos, para los cuales era algo semejante al actual sueño americano, pero que dejaba insatisfechas a las personas más sensibles o a las más marginadas, también a quienes sufrían los estragos de una vida licenciosa.
Ante estas gentes los apóstoles y sus discípulos se presentan anunciando un mensaje que redimía y transformaba, que cambiaba sustancialmente la visión de todo, produciendo conversiones cada vez en mayor número, y ofreciendo al mundo una nueva manera de entender la religión y de relacionarse con Dios, como dirán después los grandes místicos, ya no buscaban “los milagros de Dios, sino al Dios de los milagros”, eso es ser cristiano.

La comunidad cristiana entra en crisis cuando pierde esta capacidad, que conlleva una pérdida del sentido de la realidad, y una inesperada confrontación, es como si a alguien que hasta ahora le bastaba con representar un papel, se le pidiera ser en verdad lo que sólo actuaba, o para “salvar” la fe, hubiese que traicionarla favoreciendo prácticas religiosas ambiguas.

Que la extraordinaria obra de los apóstoles quede reducida al afán de obtener milagros es algo que debiera evitarse, no promoverse, menos aún cuando esa religiosidad se ha reconciliado tranquila y cínicamente con el mundo delincuencial.

Lamentablemente, hoy día, hay devociones de origen cristiano que muchas personas dedicadas estructuralmente a delinquir, asumen como propias y muy propicias para sus actividades criminales, como si los santos de Dios se hubiesen aliado con las mafias para dar éxito al secuestro, puntería a las balas, protección al bandido, impunidad a los malhechores y larga vida a los cárteles. El florecimiento que tiene esta nueva “religiosidad”, cuestiona nuestro trabajo pastoral y pone en evidencia lo lejos que estamos todavía de recuperar la fuerza transformadora de la fe cristiana.

armando.gon@univa.m

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