Hermanas y hermanos en el Señor:
Continuamos nuestro camino hacia la Pascua, la fiesta de la resurrección de Jesús.
Es tan clara y tan profunda la parábola del hijo pródigo que, cuando hablamos de ella, tenemos el peligro de arruinarla o de disminuir la fuerza del su mensaje. Es una parábola dicha para cada uno. Lo importante es que nos veamos reflejados en ella, revisando nuestra vida a la luz de esa narración y descubramos cuál es nuestra relación con nuestro Padre Dios.
Algunas consideraciones. El hijo menor nunca le da las gracias a su papá, no le agradece, le exige (“dame la herencia”). Tampoco se pone a considerar el sudor, el trabajo que su padre realizó para hacer su patrimonio. Da a entender, además, que para este muchacho, su papá ya está muerto a partir de ese momento.
Después de llevarse la herencia, la malgastó. En efecto, cuando alguien tiene mucho dinero, le aparecen muchos amigos, y estos ‘ayudan’ a que se acabe pronto, pero una vez que se acaba, los amigos se van, aparece la realidad y se presenta la necesidad.
Así le sucedió al hijo menor, que ya sin nada, consiguió un trabajo cuidando cerdos, los cuales eran considerados animales impuros. No se podían comer su carne, menos atenderlos. Y resulta que el hijo acabó deseando, incluso, comer lo que los marranos comían. Esto nos indica hasta qué grado cayó, a lo más bajo, a lo más profundo de su dignidad. Perdió su dignidad y su valor de hijo.
Enseguida, la parábola presenta el mensaje central de la conversión, cuando el hijo se pone a reflexionar en la situación que se encontraba, de miseria absoluta.
Para que él cambiara su pensamiento, su manera de actuar y la reprobara, recapacitara y tuviera la voluntad de volver a su padre y de confesarle su error, tuvo que hacer la experiencia de entrar en sí mismo.
Cuando entramos en nosotros mismos, y a los ojos de Dios analizamos nuestras actitudes y comportamiento, nos damos cuenta lo bajo que hemos caído en nuestra dignidad de hijos de Dios, solo entonces puede surgir el deseo de volver, de cambiar, de reconocer y confesar: “He pecado contra el Cielo y contra Ti”.
Mientras no lleguemos a tener esta experiencia humilde de reconocer nuestro pecado, y hasta qué grado hemos caído, no vamos a cambiar nuestra manera de ser, y no vamos a cambiar nuestra relación con Dios.
Cuando decidió regresar, por lo que dice la parábola, nos damos cuenta de que el padre nunca dejó de pensar en su hijo, en la realidad que estuviera nunca dejó de verlo como su hijo. “Se enterneció profundamente”, no montó en cólera
El padre pasó por encima de cualquier regaño, y lo único que le importó es que su hijo estuviera de regreso, felicidad que se expresa con todo lo que les pidió a los criados que le hicieran a su muchacho.
Ésta es la reacción de Dios Padre para con todos sus hijos, nos espera, nos ama, nos busca, no para echarnos en cara nuestros errores, sino para que experimentemos su misericordia y la fiesta que Él hace por haber recuperado nuestra dignidad de hijos suyos.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo.
