Hermanas y hermanos en el Señor:
Decíamos la semana pasada que ojalá, en cada uno de nosotros, se produzca una mayor conciencia de fe acerca del tesoro que tenemos en la Eucaristía, y que, reanimada nuestra fe, nos convirtamos en sus testigos.
Ahora señalamos que nos debemos convertir en apóstoles y misioneros en favor, con atención particular, de los jóvenes, de los adolescentes y de los niños.
Es triste ver que, muchas veces, los niños, por falta de acompañamiento, por falta de testimonio, por falta de celo en sus propias familias, no alcanzan a descubrir el misterio que se encierra en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Nos toca a los adultos, maduros de fe, ser testigos y apóstoles de la presencia real y verdadera de la Eucaristía en favor de las nuevas generaciones.
Nos preguntamos, eso sí, por qué la inmensa mayoría de los jóvenes no tiene gusto por participar en la Eucaristía. Creemos que no tienen la convicción, la certeza, la fe de quién está presente y qué hace por cada uno el que está ahí, en la Eucaristía.
Jesucristo Sacramentado está para entregarse hasta el extremo. Él, como Pan partido significa que es un cuerpo sacrificado, pero también el cuerpo que se multiplica para que alcance para todos.
Ante esta realidad, adoptamos -con frecuencia- la postura de los discípulos, hacer lo más sencillo y cómodo, pedir que mejor las multitudes se vayan, porque no hay nada qué ofrecerles. Jesús nos reta a que les demos nosotros de comer, a todo el que lo necesita.
Jesús es el pan que sacia nuestra hambre más profunda de paz, de felicidad, de amor, de misericordia y de ternura. Él es el Pan partido para ser nuestra fuerza y nuestro alimento.
Nada, pues, de que tomemos la actitud de que “Él que les dé de comer”. Si el Señor nos nutre, si Él es nuestra fuerza y nuestro alimento, nos tenemos que convertir en apóstoles de este Pan partido y distribuido para todos, sin distinción.
Ojalá nos comprometamos a ser apóstoles y testigos de la presencia amorosa y salvadora de Jesucristo en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, comenzando con nuestra familia, con nuestros amigos, nuestros conocidos, y de una manera particular, con atención especial de transmitir esto que hemos recibido como un don, como un regalo, a las nuevas generaciones, no como imposición, no como obligación, sino como un testimonio sereno pero convencido de que Jesucristo está vivo y presente en la Eucaristía.
Él es la fuente de todo bien, de donde mana toda la vitalidad de la Iglesia, ¿Cuál es el origen de todos los carismas que contemplamos, por ejemplo, en nuestra diócesis? ¿De dónde proviene este don? De la presencia real, viva y e caz de la Jesús en la Eucaristía.
Los seminaristas, que se sienten llamados, comprometido a seguir al Señor más estrechamente. Los Sacerdotes, que fueron consagrados y enviados de parte Jesucristo.
Los Obispos, que participamos por un don inmerecido, de la gracia del Sacerdocio en plenitud.
De aquí proviene la vitalidad en la Iglesia, de la presencia silenciosa, serena, pero profundamente activa y eficaz del Cuerpo y la Sangre de Cristo, seamos conscientes o no de ello.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo.
