PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
Nada es tan sorprendente en la realidad social como la convivencia de distintas mentalidades y aún de distintos tiempos, sin duda: todos vivimos en el mismo espacio, pero no en la misma época. ¿En qué año viven las comunidades wixáricas? ¿En qué año están los jóvenes que egresan de las más prestigiosas universidades? ¿En qué época radican las gentes que viven en la sierra, o en la ciudad más avanzada?
A la diversidad de las épocas que coinciden en un mismo espacio, se añade la diversidad de las culturas, hayan o no evolucionado. En el año de 1984, el notable investigador Luis Weckmann, publicó una obra intitulada “La herencia medieval en México”, en dos tomos; a través de sus páginas podíamos advertir como los europeos que llegaron a este territorio en el siglo XVI no eran portadores solamente de una época llamada “renacimiento”, sino que muchos de ellos traían a cuestas todavía el pensamiento de la Edad Media con todas sus luces y sus sombras, esta llamada herencia medieval, Weckmann la va descubriendo en la arquitectura, las instituciones sociales y laborales, los usos agrícolas, los sistemas económicos, y desde luego, las mentalidades.
¿Podía haber personas con mente medieval en el siglo XVI, el siglo del esplendor renacentista? Por supuesto que sí, como existen hoy personas con mentalidad barroca en plena hipermodernidad. Eso parece ser algo común en toda la historia. Las mentalidades de épocas cercanas conviven pues no toda la gente se da cuenta de que su tiempo ya
pasó, no obstante, es igualmente cierto que los tiempos idos pueden seguir produciendo algún fruto, pero estos frutos por muy vistosos que sean, son ya estériles y a veces hasta tóxicos ¿se imaginan una escuela donde se enseña todavía que la tierra es plana y estática, con base al método de dictar, apuntar y aprender, sin analizar ni pensar? Eso sería muy medieval, pero poco fructífero, y lo peor, los estudiantes saldrían de esa escuela sin ningún recurso para entender, vivir y cambiar el mundo actual, en todo caso, lo harían retroceder.
Sin duda la gente de la Edad Media era muy religiosa, pero también muy supersticiosa, con una imaginación fértil y aún febril, y una mentalidad mágica que aplicaba a una fe cristiana desvirtuándola y oscureciendo su contenido liberador. La nueva relación del ser humano con Dios, revelada por Jesús no se basaba ni en el temor, ni en un culto supersticioso, sino en espíritu y en verdad, y ello suponía una evolución revolucionaria que exige esfuerzo para asumir ¿se puede dar marcha atrás? Por desgracia sí, la humanidad muchas veces en lugar de progresar retrocede, sea en su comprensión y vivencia religiosa que en muchas otras cosas; el deber de las instituciones no es favorecer los retrocesos, sino apuntalar el progreso de la fe y de la vida en sus diversos campos, ese era el acaso ya olvidado propósito del Concilio Vaticano II.
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