Inicio OpiniónLa inclusión no se ve, se lee:Deuda pendiente con el Braille

La inclusión no se ve, se lee:Deuda pendiente con el Braille

por Quetzali Hernández
0 comentarios

LUIS SÁNCHEZ

El calendario marca el 4 de enero como el Día Mundial del Braille, una fecha instaurada por la ONU no solo para recordar el natalicio de Louis Braille, sino para reconocer la importancia de este sistema como medio de comunicación fundamental para la plena realización de los derechos humanos. Sin embargo, en México, esta conmemoración suele quedarse en el discurso oficial y en la iluminación de edificios públicos, mientras la realidad cotidiana de las personas con discapacidad visual sigue marcada por una profunda exclusión estructural que vulnera su autonomía y dignidad.

Desde una perspectiva cualitativa, el Braille no es simplemente un método de lectura; es una herramienta emancipadora. Para una persona ciega o con baja visión, la capacidad de leer un contrato, un menú, un medicamento o una boleta electoral sin intermediarios es la diferencia entre la dependencia y la libertad. El derecho a la información y a la libertad de expresión, consagrados en nuestra Constitución, se vuelven letra muerta si no existen los canales de accesibilidad que permitan ejercerlos. La falta de este sistema en la vida pública no es un descuido logístico, es una violación sistemática a los derechos fundamentales.

Los datos cuantitativos revelan la magnitud de esta urgencia. Según el Censo de Población y Vivienda del INEGI (2020), en México existen más de 6 millones de personas con algún tipo de discapacidad, de las cuales, la discapacidad visual es la más frecuente, afectando cerca del 44% de este grupo (aproximadamente 2.6 millones de personas). A pesar de esta cifra millonaria, la presencia del sistema Braille en la infraestructura urbana, educativa y de servicios de nuestro país es estadísticamente insignificante, reduciendo a millones de mexicanos a ciudadanos de segunda clase.

Es alarmante observar el rezago educativo que se desprende de esta carencia. Organizaciones civiles estiman que menos del 10% de los niños ciegos en países en desarrollo tienen acceso a la enseñanza del sistema Braille. En México, esto se traduce en una barrera casi insuperable para el acceso a la educación superior y al mercado laboral formal.

No es que las personas con discapacidad visual no tengan la capacidad intelectual para ser abogados, administradores o docentes; es que el sistema educativo no les proporciona las herramientas básicas de alfabetización táctil para competir en igualdad de circunstancias.

En el ámbito jurídico, México ha ratificado la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, obligándose a garantizar la accesibilidad. Sin embargo, la brecha entre la norma y la realidad es abismal. La Ley General para la Inclusión de las Personas con Discapacidad exige “ajustes razonables”, pero basta recorrer las oficinas de gobierno, los tribunales o los hospitales para notar que la señalética en Braille es la excepción y no la regla. Esta omisión institucional contraviene los principios de progresividad de los derechos humanos y nos aleja del Estado de Derecho que pretendemos consolidar.

A esto se suma un fenómeno contemporáneo: la exclusión digital. Si bien la tecnología ofrece lectores de pantalla, estos no sustituyen la alfabetización que brinda el Braille. Estudios recientes indican que el aprendizaje del Braille correlaciona positivamente con mayores tasas de empleo e independencia económica en la población ciega. Con ar ciegamente en el audio sin fomentar la lectoescritura táctil es limitar el desarrollo cognitivo y la ortografía, creando una nueva forma de analfabetismo funcional en la era digital.

La responsabilidad no recae únicamente en el Estado; la iniciativa privada y la sociedad civil tienen un rol crucial. Restaurantes sin menús inclusivos, bancos sin cajeros accesibles y editoriales que ignoran este formato son cómplices de la segregación. La verdadera inclusión requiere inversión y voluntad política, no solo caridad. La empatía debe transformarse en política pública y en cultura corporativa para que el entorno se adapte a la persona, y no la persona la que tenga que luchar contra un entorno hostil.

El 4 de enero, más que celebrar, se debe re exionar sobre la deuda histórica que tenemos. La ceguera más grave no es la física, sino la social: aquella que nos impide ver a nuestros conciudadanos como sujetos plenos de derechos. Garantizar el acceso al Braille y a la información accesible es un imperativo de justicia social. Mientras no lo hagamos, nuestra democracia seguirá estando incompleta, incapaz de leer las necesidades de todos sus integrantes.

Nos leemos la siguiente semana y recuerda luchar, luchar siempre, pero siempre luchar desde espacios más informados que construyen realidades menos desiguales y pacíficas.

También te puede interesar