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LA PALABRA DEL DOMINGO: La confesión de fe más significativa del Nuevo Testamento

por Gabriela Ceja Ramirez
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JUAN LÓPEZ VERGARA

El Evangelio que la Iglesia dispone en la Eucaristía, nos invita a celebrar la segunda aparición del Señor reseñada por el evangelista San Juan, donde vemos al Resucitado reprochar a Tomás el no haber creído en el testimonio de los otros discípulos. Esto suscitó la confesión de fe neotestamentaria más elocuente. Y también, en los versos 30 y 31, la primera conclusión de la obra, en la cual el evangelista indica que su objetivo consiste en suscitar la fe en el Señor Jesús y así tener vida en su nombre (Jn 20, 19-31).

EL VER AL SEÑOR JESÚS MOTIVÓ LA FE Y LA ALEGRÍA

Los discípulos estaban asustados, con las puertas cerradas. De pronto “se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’” (v. 19b). La aparición es iniciativa de Jesús. Él está vivo y así se presenta a los suyos. Les descubre sus huellas identificatorias, que provocaron la alegría: “Les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor se llenaron de alegría” (v. 20). Ese ‘ver al Señor’ motiva el surgimiento de la fe en el corazón de los discípulos y su transformación radical: la plenitud de la alegría. La alegría, por consiguiente, es algo muy serio. Tan seria que puede transformar el mundo, pues Jesús llena de esperanza nuestra vida colmándonos de la alegría pascual y, convocándonos colmados por la fe, a dar testimonio de ella.

EL ESPÍRITU SANTO RECREA LA COMUNIDAD

Después de reiterarles la paz, con la más sublime misericordia imaginada, Jesús sopló y les confirió el don del Espíritu y la capacidad de perdonar los pecados, el esperanzador ministerio de la reconciliación:

“De nuevo les dijo Jesús: ‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo’. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar’” (vv. 21-23).

Cristo resucitado obsequia a sus discípulos el Espíritu Santo que realiza una re-creación de la comunidad.

“SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO”

Tomás, uno de los Doce, que no estaba en el momento de la aparición, dudó del testimonio de sus hermanos y exigió pruebas (véase v. 24) e, inmediatamente después, les dijo:  “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (v. 25). Jesús, ocho días después, se presentó de nuevo y mostrándole los estigmas de su sacrificio redentor (véase v. 26), luego amonestó a Tomás:  “‘Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree’. Tomás le respondió: ‘¡Señor mío y Dios mío!’. Jesús añadió: ‘Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto’” (v. 27-29).

Apreciables lectores, para actualizar este pasaje del santo Evangelio, los invito a reflexionar que la incredulidad de Tomás, se convertiría en la más precisa y preciosa confesión de fe neotestamentaria, que servirá de argumento perenne para la fe de toda la Iglesia, al decirle a Jesús: ‘¡Señor mío y Dios mío!’. 

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