
ANNA ALICIA LÓPEZ VERGARA NEWTON
El pasaje evangélico que nuestra madre Iglesia propone para el día de hoy, presenta el conocido encuentro del Señor Jesús con la Samaritana. En el cual vemos su amor por su pueblo y una de las transformaciones más hermosas suscitadas por el Señor Jesús, cuando aquella mujer de vida disipada se convirtió en mensajera del santo Evangelio (Jn 4, 5-42).
“NOSOTROS ADORAMOS LO QUE CONOCEMOS”
La escena es de tal riqueza, que nos limitaremos a comentar solamente algunos de sus aspectos más relevantes. Jesús se sentía orgulloso de los suyos, de ser integrante del pueblo hebreo, al que conoce y aprecia pertenecer, consagrado a Yahvé, que lo escogió por pura gracia: “No porque sean el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahvé de ustedes y los ha elegido, pues son el menos numeroso de los pueblos; sino por el amor que les tiene” (Dt 7, 7-8). Es la única ocasión en los evangelios en que vemos a Jesús, el hombre venido de Dios, incluirse en una oración (compárense: Mt 6, 9; Lc 11, 2). Esto lo subraya el evangelista cuando relata que el Señor Jesús reconvino a la Samaritana:
“Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos” (v. 22).
LA MUJER ENTRAÑA LA MISMA DIGNIDAD QUE EL VARÓN
Otro aspecto es la forma respetuosísima en que Jesús se relaciona con la mujer. Él sabe mirar al corazón, y siempre da una oportunidad superando los esquemas de su tiempo, al extremo que sus seguidores se extrañaron:
“En esto llegaron sus discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’” (v. 27).
Los discípulos no se animaron a decirle nada. Jesús adopta una postura exenta de todo prejuicio respecto a la mujer, que para él posee el mismo valor y dignidad que el varón (compárese Ga 3, 28).
JESÚS ES AMIGO DE LAS ÚLTIMAS
El padre José Antonio Pagola en un libro precioso, el cual no me cansaré de recomendar, nos invita a reflexionar, presentando a Jesús, quien tiene el alma más pura imaginable (compárese Mt 5, 28), como:
“Amigo de las últimas. Las mujeres que se acercaron a Jesús pertenecían, por lo general, al entorno más bajo de aquella sociedad. Bastantes eran enfermas curadas por Jesús, como María de Magdala. Probablemente se movían en su entorno mujeres no vinculadas a ningún varón: viudas indefensas, esposas repudiadas y, en general, mujeres solas, sin recursos, poco respetadas y de no muy buena fama. Había también algunas prostitutas, consideradas por todos como la peor fuente de impureza y contaminación. Jesús las acogía a todas” (Jesús, amigo de la mujer, PPC, Ciudad de México, 2019, segunda edición, pág. 6).
Apreciables lectores, para actualizar el Santo Evangelio del día de hoy, los invito a plantearnos una serie de preguntas, mirándonos en el espejo del Señor Jesús, contemplando cómo vivió Él. ¿Valoramos realmente las raíces judías de nuestra fe católica, tal como nos enseña el Señor Jesús? En el caso de los varones: ¿Tratan a la mujer en la sociedad, en nuestras familias, en la Iglesia con el mismo respeto mostrado por el Señor Jesús? ¿Acaso no se nos propone en este relato joánico, que el Señor Jesús propició que la Samaritana se convirtiera en alguien que jamás hubiera imaginado: Mensajera de la Buena Nueva, con la siguiente afirmación: “muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer” (v. 39)?
