
El reduccionismo que ha hecho la cultura actual de la persona, además del secularismo, es otra realidad que ha influido para que el mundo en que vivimos haya cambiado. Secularismo y reduccionismo son un impedimento para la implementación del Evangelio, y en este tiempo de Cuaresma, para la vivencia de este periodo de gracia que a no todos importa, por desgracia.
La persona humana es muy compleja, así nos lo dice la antropología; no puede reducirse a explicaciones simples. Sin embargo, la cultura presente trata de despejar ese misterio, esa grandeza, esa complejidad de la persona humana, con las ideologías, en particular con las ideologías de género.
A veces, ante esta influencia de la cultura actual, que busca reducir la complejidad de la persona a una ideología, los creyentes nos quedamos como si ya no tuviéramos nada que proponer, en orden a asumir el valor de la persona, el valor de su dignidad, el valor de su trascendencia, el origen y el fin para el que fue creado.
Nos cuesta hacer una propuesta que es genuina, que es verdadera, que es auténtica. Los templos los tenemos que cerrar por ausencia de fieles. Ya no viene la cantidad de personas de antes, y nos conformamos con los pocos que acuden.
Cuando veo un templo cerrado, lo primero que se me viene a la mente es que ya se nos acabó lo que teníamos que ofrecer, ya no hay interés en lo que les decimos.
Pero al mismo tiempo surge la verdad: ¿Qué es lo que hay detrás de esa puerta cerrada? Está el misterio más grande, la respuesta más radical y más oportuna a todos los problemas del hombre de hoy. Ahí está la solución. Esto me anima.
El reto es cómo ese tesoro que tenemos dentro de los templos lo podemos proponer a todos, para que retomen otra vez la conexión con el misterio que se encierra en el templo, la Palabra y el Sacramento, el perdón, la reconciliación, la misericordia y la recuperación de la vida nueva, de la vida de Dios.
¿Cómo hacer para llevar y hacer sentir la grandeza y la hermosura de lo que tenemos en el templo? Con la dinámica pastoral que el Papa Francisco proponía, es decir, una Iglesia de puertas abiertas.
La solución no está encerrada. La solución está en abrirnos, abrirnos haciendo una reflexión, un análisis sereno, pero honesto de la realidad que vivimos.
Pastoralmente, la Cuaresma nos exige eso. Si no, nuestra propuesta de Cuaresma va a ser siempre la misma y siempre rutinaria. La semilla de la Palabra, que es lo que proponemos como llamado a la conversión, hay que reconocer que ya no cae en el terreno propicio que antes había. ahora el terreno es muy pobre.
La semilla tiene su valor, su grandeza, pero la amplitud del terreno lleno de piedras, sin tierra buena. Nos toca proponer tirar la semilla del Evangelio en un terreno difícilmente aprovechable, porque hay mucha indiferencia en nuestras comunidades, incluso en aquellos que se dicen cristianos practicantes. Piensan que la vida cristiana es asistir a Misa y estar presente y que con eso es suficiente, pero no.
