
HERMANAS Y HERMANOS EN EL SEÑOR:
Nos preguntamos qué sentido tiene peregrinar cada año al santuario de nuestra Madre Santísima.
En primer lugar, significa que tenemos la certeza de que la Santísima Virgen María de Guadalupe es nuestra verdadera madre, de la que recibimos la vida verdadera y plena en su Hijo Jesucristo. Por eso venimos a su santuario, porque confiamos en Ella; y en esta confianza de un hijo para con su madre le traemos todo aquello que nos aqueja en nuestra vida personal, familiar y comunitaria. También venimos a agradecerle, porque siempre contamos y disfrutamos con su cariño de madre.
Más allá de estos legítimos sentimientos que nos mueven a venir a encontrarnos con Ella, la Pascua nos invita a algo más profundo.
Al venir con la Señora de Guadalupe queremos renovar la gracia de nuestro Bautismo. Ese día renacimos a la vida nueva de Jesús. Fuimos hechos verdaderos hijos de Dios. Ese día comenzó nuestra vocación filial del Padre.
Esto no lo debemos olvidar nunca, sino que nos debe mover a vivir nuestra filiación divina todos los días, en nuestro trabajo cotidiano, en los compromisos, en todo momento y en toda circunstancia. Ésta es nuestra verdadera vocación.
Lo que se espera del que nace es que crezca, que se desarrolle, que madure. Al renovar nuestra vocación de ser hijos de Dios, también debemos revisar cuánto hemos crecido y desarrollado en nosotros esta condición. ¿O permanecemos infantiles o inmaduros en nuestra vida cristiana?
Si fuimos llamados a ser, también lo estamos para crecer en el conocimiento de Jesucristo, de su Evangelio, de sus enseñanzas y de sus condiciones. ¿Qué tanto hemos crecido en su conocimiento y en la puesta en práctica de esas enseñanzas?
Ante María de Guadalupe hacemos un reconocimiento de cuánto hemos crecido, o de cuánto estamos estancados y no nos hemos esforzado por crecer.
Lo que crece y madura tiene que fructificar. ¿Cuántos frutos en nuestra manera de vivir ha dejado ser hijos de Dios? ¿Cuánto hemos crecido como hermanos en la familia, en nuestra comunidad? Como hermanos que se reconocen y que se respetan, que se tienden la mano, que se reconcilian y perdonan, que se apoyan, y que construyen un clima de paz para todos.
Éste es el llamado que recibimos cada uno el día de nuestro Bautismo, es un llamado para todos, y no es exagerado decir que es un llamado a ser santos.
Es el camino que Dios nos ha trazado por amor, y que la Virgen María nos ha enseñado con su “sí” al plan misericordioso del Señor.
En Guadalajara hemos dedicado este año a reflexionar sobre el tema vocacional, en particular de la vocación bautismal común.
Tengamos presente las necesidades de nuestra Iglesia de Guadalajara, los procesos pastorales, en particular, el compromiso de la Misión permanente de la Misericordia, pero no como un sentimiento etéreo, sino como una actitud concreta de encontrar a nuestros hermanos que sufren en cualquier circunstancia.
La misericordia nos mueve a acercarnos a ellos y tenderles la mano, a curar sus heridas y compartir lo que tenemos para aliviar los padecimientos de todos.
YO LES BENDIGO EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO.

