
El pasado Jueves Santos, los Sacerdotes nos reunimos para recordar este don recibido por gracia de Dios. De esta forma, se suscita en nuestro corazón el ánimo de agradecer y de reconocer nuestra nada y nuestra pequeñez, así como la distinción que la misericordia de Dios ha hecho en nosotros, dándonos este regalo, no solo individual, sino para el servicio y la santificación del pueblo de Dios.
Dentro de este pueblo de Dios, que es un pueblo sacerdotal por el Bautismo, Cristo ha querido fijarse en algunos, por su libre voluntad, para ungirnos, de manera especial, con el crisma, con la gracia de su Espíritu para que lo hagamos presente en medio de su pueblo, para instruirlo, santificarlo y conducirlo.
Cristo, a los que fuimos ordenados por el Sacerdocio ministerial, nos hace partícipes de su ser de profeta, maestro, santificador y de su condición de ser pastor.
Ante de distinguirnos con este don, nos hizo miembros de su pueblo, y siendo integrantes partícipes de su pueblo, nos llama para servirlo.
Le pedimos a Dios que nos permita ser testigos de su obra redentora, porque fuimos ungidos para ser efectiva y presente la obra redentora de Cristo en favor de la humanidad, de su familia, que somos nosotros.
Al renovar el regalo recibido, que reconocemos con gratitud, quisiera resaltar dos actitudes básicas para responder y renovar el don de nuestro Sacerdocio. No merecemos esta gracia, pero Cristo, en su infinita misericordia, ha querido hacernos partícipes, y lo reconocemos con humildad.
- Lo que necesitamos para que este don prevalezca en nuestra identidad, y para que surta efecto en el cumplimiento de la obra redentora que nos ha confiado es perseverancia.
No podemos olvidar en ningún momento ni en ninguna circunstancia la identidad que nos da este don, somos signo visible de la presencia de Jesús Sacerdote, Maestro y Pastor.
El Sacramento del Orden nos revistió de esta identidad de Cristo. Más allá de nuestra debilidades y defectos, necesitamos volver a nuestra identidad para vivirla con fidelidad.
2. Otra respuesta al don recibido es la santidad. Estamos llamados a ser santos, porque si el Bautismo nos hace partícipes de la misma vida de Dios, el carácter que imprime el sacramento del Orden nos hace participar aún más, a plenitud, de Dios en Cristo y, por tanto, estamos llamados a santificarnos en el ejercicio del servicio de nuestro ministerio sacerdotal.
Necesitamos orientar todo en la práctica de lo que somos, que nuestro quehacer glorifique a Dios y nos santifique, y nos haga más semejantes a Jesús con la fuerza de su Espíritu.
No se trata de hacer cosas raras o extraordinarias, sino que, con fidelidad, cumpliendo lo que nos toca de acuerdo a nuestra identidad y misión, nos santifiquemos.
Solo así, viviendo con fidelidad y santidad, vamos a ser agentes de la obra redentora del Señor. Éste es el motivo de nuestra misión, hacer efectiva, en favor de nuestros hermanos, la obra redentora de Cristo.
Él consumó su obra, pero también quiso que su redención se perpetuara para todos los pueblos, y se vale de nuestro ministerio para que hagamos efectiva la salvación, la vida de Dios, para provecho de todos.
