
Jesús, el Buen Pastor, establece una diferencia entre entrar por la puerta y entrar brincando por otro lado, para formar parte de su rebaño.
El que no entra por la puerta es un ladrón, no llega con buenas intenciones, no aporta nada bueno al rebaño, al contrario, entra para sacar ventaja de las ovejas.
En cambio, el que entra por la puerta, inmediatamente es reconocido por el rebaño como el que viene para custodiarlo, alimentarlo y darle vida. Las ovejas lo siguen, están atentas a su palabra, a lo que Él diga.
El Señor dice: “Yo soy la puerta” (Jn 10,9), y para alcanzar la plenitud de la vida, para el que quiera formar parte de su rebaño, debe entrar por esa puerta.
¡Qué consoladora enseñanza nos da esta palabra de Jesús! Porque entramos a forma parte del rebaño por la puerta del Bautismo. Cuando fuimos bautizados lo hicimos en la fe de nuestros padres, de nuestros padrinos y en la fe de la Iglesia, que nos asegura que Jesucristo es la puerta para entrar a formar parte de su grey y para alcanzar todos los bienes que Él nos mereció con su muerte y resurrección, especialmente el bien supremo, la salvación.
San Pedro escribió: “Les aseguro que Dios ha constituido Mesías y Salvador a Jesucristo” (Hch 2,15). No hay otra forma de alcanzar la salvación si no es en Cristo.
El Bautismo nos hizo entrar por la puerta que es Cristo, para formar parte de su grey y para gozar de la plenitud de la vida y de la salvación que Él nos mereció con su muerte y resurrección.
No tenemos que buscar a nadie, a nada, para encontrar la vida plena y la salvación, porque está Jesús.
Lo que nos toca a nosotros es crecer en esa fe, en esa convicción de que Jesucristo es el Mesías y Salvador.
Lo que nos toca a nosotros, también, es la conversión, es decir, ajustar nuestra vida a lo que el Señor nos enseña y nos pide con su Palabra. Esto es convertirnos, ir moldeando nuestra manera de pensar, nuestros criterios de acción, las expresiones y palabras, todo nuestro comportamiento de acuerdo a lo que Jesús nos enseña con su Palabra.
Esto lo podemos hacer con la fuerza de su Espíritu. En la medida que este Espíritu va tomando posesión de nosotros, nos vamos pareciendo más a Cristo.
Convertirnos es parecernos cada vez más a Jesús en nuestra manera de vivir, que vivió solo para amar a Dios, por sobre todas las cosas, y vivió para dar amor a todos, especialmente a los más necesitados.
Él es el pastor que nos conoce y nos llama por nuestro nombre. No necesitamos aparentar para que Él piense que somos buenos, porque Él nos conoce bien, más profundamente que lo que nos conocemos a nosotros mismos.
No nos juzga, no nos condena, solo nos ama así como somos, nos cuida porque somos sus ovejas, nos nutre con su propio Cuerpo, nos mantiene donde hay pastos y agua abundante (vida y gracia).
Esta imagen del buen pastor nos ayuda a conocer más a Jesucristo, y nos ayuda a reflexionar cómo fue que entramos a formar parte de su rebaño.
