
HERMANAS Y HERMANOS EN EL SEÑOR:
Iniciamos ya, el domingo pasado, el Tiempo Ordinario, en el que el Evangelio nos irá presentando escenas, signos y enseñanzas para que profundicemos en el conocimiento de Jesús y afiancemos nuestra fe cristiana.
Por eso es muy importante que escuchemos y reflexionemos en el testimonio de Juan el Bautista sobre quién era Jesús, testimonio que confirma por haberlo visto, de que era el Hijo de Dios.
Son importantes estas palabras para que reconozcamos en nuestra vida cristiana y aceptemos a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios.
Muchas veces banalizamos la persona de Jesús, y lo concebimos solo poderes especiales, pero nos falta reconocerlo desde lo más profundo de nuestro ser que es Hijo de Dios, que se hizo hombre para compartir nuestra vida y compartir nuestra historia.
Cuando creemos en Jesús como Hijo de Dios, nuestra vida cambia, no estamos solos, Dios está con nosotros, se hizo uno de nosotros, pero es importante que lo reconozcamos así.
Comenzamos el Tiempo Ordinario con una confesión de fe en Jesucristo. De esta verdad se desprende otra verdad, que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el único que puede hacerlo, el único que puede liberarnos del mal que hace en nosotros el pecado, y que nos causa muchos estragos.
No nos hagamos ilusiones, a veces queremos pensar que con ciertos ritos, terapias u otras cosas parecidas, nos vamos a liberar del mal que afecta a nuestro ser, el pecado. El único que puede remediar y absolver nuestro mal y nuestros pecados es Dios.
Él tiene ese poder, y no cualquier cordero, que ocupaba en la cultura judía un lugar muy especial, y pensaban que con su sacrificio se agradaba a Dios.
Jesús es el verdadero Cordero de Dios porque se sacrificó, entregó su sangre y murió por nuestros pecados. Es el único que puede liberarnos y justificarnos por medio de su sangre y muerte redentoras.
El Cordero de Dios tiene relación con el Siervo de Dios, que se entrega en sacrificio por nosotros. Por él fuimos liberados y justificados. Por esto tiene poder de perdonar nuestros pecados.
En cada Eucaristía, antes de entrar en la vida de gracia que nos da la Comunión, el Sacerdote nos presenta la Hostia como el Cordero de Dios. Cada vez que celebramos la Misa, Jesucristo se entrega por nosotros, se sacrifica para que nos reconciliemos con Dios y entre nosotros. En la Eucaristía se hace presente el sacrificio del Siervo de Dios por nuestra redención y salvación.
Cristo viene a nuestra vida para iluminar nuestro presente y nuestro futuro, para iluminar las tinieblas de nuestras dudas, el dolor de nuestro sufrimiento. Es luz que nos purifica, que nos libera del pecado y que nos señala el camino de la vida.
Comencemos este Tiempo Ordinario, y a partir de esta confesión de que Jesús es el Hijo y el Cordero de Dios, avancemos domingo a domingo, escuchando el Evangelio.
Seamos conscientes que estas expresiones no son una fórmula, sino una verdad. Solo viviendo esta verdad podemos ir desterrando nuestro mundo de tanta maldad, de tanta injusticia, violencia y daño que nos hacemos unos a otros y a la creación.
YO LES BENDIGO EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO.
