Miguel Novak
Las lecturas de este domingo nos hablan del Espíritu Santo y de sus diversas manifestaciones. Jesús dice a los apóstoles: “Reciban el Espíritu Santo”. Pero es importante unir esta experiencia profundamente espiritual con la segunda parte de sus palabras: “Así también los envío yo”.
¿Adónde nos envía Jesús? A ser una Iglesia en salida, como decía el Papa Francisco: una Iglesia que sale al encuentro del mundo, allí donde vivimos, trabajamos y convivimos con los demás.
¿Y cómo hacerlo? Las situaciones humanas son tan variadas y complejas que no existe una sola respuesta. El Papa Francisco insistía en que “salir” no significa hacer proselitismo, porque muchas veces resulta contraproducente. Más bien implica escuchar, servir, compartir las alegrías y dolores de los demás y, solo después, si llega el momento, hablar de nuestra fe. El Espíritu Santo nos impulsa a salir por el camino del amor.
Quisiera compartir dos experiencias concretas que ilustran esta realidad.
Hace algunos años tuve que vivir durante un tiempo con un colega de trabajo, lejos de mi familia. Juan era ateo. Conversábamos sobre deportes, cultura y religión. En un par de ocasiones le compartí lo que había significado para mí el encuentro con Dios en Jesús. Él escuchaba con cortesía, pero permanecía firme en sus ideas.
Con el tiempo comprendí que “permanecer en la Palabra” significaba, antes que nada, amar a esa persona. Empecé a interesarme sinceramente por su vida, su familia, sus preocupaciones y sus sueños. Como él trabajaba mucho, me ofrecía a cocinar más de lo que me correspondía y también a lavar su ropa. A Juan le gustaba correr; no era mi actividad favorita, pero comencé a acompañarlo para convivir más con él.
Un día me propuso salir “a buscar mujeres”. Le respondí con respeto que no y le expliqué que para mí la sexualidad era algo profundo y valioso. Me miró sorprendido y solo dijo: “Tengo que pensar en lo que me dices”.
Después nuestros caminos se separaron. Años más tarde nos reencontramos en un aeropuerto. Nos abrazamos y me dijo: “¿Sabes de dónde vengo? De una reunión del consejo parroquial. Soy el presidente”.
Yo no podía creerlo.
Entonces continuó: “Miguel, recuerdo cuando cocinabas por mí, cuando me ayudabas con la ropa y cuando ibas a correr conmigo. Yo veía en ti una luz, una fuerza interior que me hacía falta. Eso empezó a mover mi corazón poco a poco. Después vino una profunda conversación con Dios, comencé a leer el Evangelio, cambié mi vida y finalmente pedí el bautismo”.
Comprendí entonces cómo el Espíritu Santo había trabajado en su interior, respetando sus tiempos y procesos.
Quiero compartir también el testimonio de una amiga, María L. de Los Ángeles. Ella relata una experiencia vivida en la empresa donde trabaja:
“En una reunión el ambiente era muy tenso. Todos hablaban al mismo tiempo y el tono era agresivo. Me preguntaba cómo podía ayudar a calmar la situación. Hablar parecía imposible. Entonces decidí escuchar en silencio, tratando de comprender las razones de cada uno y recordando las palabras de Jesús: ‘Bienaventurados los que trabajan por la paz’.
No fue fácil, pero esa escucha tuvo efecto. Durante un receso, el compañero que más había gritado se acercó a pedirme disculpas. Después me confesó: ‘Ayer mi esposa recibió el diagnóstico de una enfermedad incurable. Estoy desesperado’.
Lo escuché con atención, le sugerí buscar a un médico especialista que conocía y le prometí que no estaría solo. Cuando volvimos a la sala, el ambiente ya era distinto”.
El Espíritu Santo sigue actuando hoy en lo cotidiano: en la escucha, en el servicio, en el respeto y en los pequeños gestos de amor. Allí donde una persona se abre al otro con sinceridad, la Palabra de Dios comienza a hacerse vida.
Sobre el autor:
Miguel Novak estudió teología para laicos dos años en Italia; tiene maestría en teología y educación religiosa; es misionero laico; exprofesor y director de la Pastoral Universitaria en Los Ángeles, California.


1 comentario
Qué fuerza tiene la palabra vivida! Muchas gracias!!
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