Inicio Prensa ArzobispadoLa Palabra del PastorLa Semana Santa es periodo privilegiado de conversión

La Semana Santa es periodo privilegiado de conversión

por Gabriela Ceja Ramirez
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La Palabra de Dios debe ser la moción de nuestra vida. Solo Ella puede producir en nosotros la conversión, y vivirla y comprometernos especialmente en la Semana Santa.

La Cuaresma es un tiempo de gracia para alcanzar la conversión, y que culmina en la Pascua.

En nuestras comunidades motivamos a que en este periodo, sobre todo, escuchen esta Palabra, y movidos por Ella, retomemos el camino de una vida verdaderamente cristiana en el campo donde nos desempeñamos. Todos los creyentes estamos necesitados y obligados a seguir esta dinámica.

“Conviértanse” se puede traducir como “arrepiéntanse”, y se debe aplicar de una manera personal: “Conviértete”, buscando que Jesús nos salve a cada a uno, nos llama por nuestro nombre, con nuestra historia, nuestros anhelos y defectos, en el estado que vivamos en este momento, que podamos escuchar desde lo más profundo de nuestro ser: “Conviértete”, “arrepiéntete”.

Otro imperativo es: “Síganme”, que también se debe convertir en algo personal: “Sígueme”. Con nuestra personalidad e individualidad nos reitera el momento de gracia de nuestro Bautismo, de habernos llamado para ser hijos de Dios y manifestarlo en obras.

Una figura que es modelo de conversión es san Pablo, que hizo un cambio radical, absoluto de su propio ser, al punto de decir: “Vivo yo, pero ya soy yo, es Cristo el que vive en mí” (Gal. 2,20).

Se trata de un nuevo ser, de un re-nacer, de ser una nueva criatura, no el viejo Adán, sino la nueva figura de Cristo en la vida, de vivir abierto al otro, de vivir en el otro, y de vivir con el otro (Jesús), que ha venido a buscarme, que ha venido a decirme: “¡Conviértete!”. Es un encuentro amoroso, como sucede en la experiencia del amor humano, pero que no se reduce a este amor, porque no solo es un sentimiento.

No es casualidad que el camino de la conversión tenga como objetivo recuperar la esencia de nuestro Bautismo, en el que morimos con Cristo y resucitamos con Él a una vida nueva, la vida de Él. Ésta es la conversión de la que Jesús nos habla, y a la que nos invita, a ser uno con Él, a pensar como Él, a sentir como Él, a actuar como Él.

Si entendemos así la conversión, entonces todo el esquema de conversión parcial o de actos aislados, cambia. Si no hay un nuevo ser y todo se reduce a cosas externas, no es verdadera conversión.

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