PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
Hace noventa y nueve años, a partir de agosto de 1926, se suspendieron los cultos religiosos católicos en México. Los cultos protestantes siguieron en tiempo y forma, aunque para esas fechas las agrupaciones protestantes no llegaban a constituir ni el uno por ciento de la población.
El exceso de desinformación o la mera ignorancia han mantenido hasta el presente el “mito” de que el gobierno cerró los templos, muy por el contrario, fue el Episcopado Mexicano quien decidió suspender los cultos, ante lo cual el gobierno tomó la decisión de que los templos se mantuvieran abiertos organizando comités de vecinos para su cuidado.
La decisión del Episcopado fue la respuesta final a una serie de diligencias que, en estricto apego a la ley, los Obispos habían encabezado para solicitar la reforma de varios artículos de la Constitución de 1917 que eran contrarios o limitantes de un derecho humano fundamental, la libertad religiosa.
El presidente Plutarco Elías Calles que, como político, fue un hombre visionario y quien puso los nuevos cimientos de un país devastado por las incesantes guerras de caudillos surgidas a partir del asesinato de Madero, tenía, sin embargo, graves de ciencias, era radicalmente anticatólico, y brutalmente antidemocrático; en cierto modo, Calles fue la nueva versión de Porfirio Díaz, pero en blanco y negro.
Bajo la influencia de algunos jesuitas, los Obispos mexicanos plantearon la propuesta de una suspensión de cultos en todo el país, algo así como una huelga del clero para presionar un compromiso social más fuerte en la defensa de la liberta religiosa frente a un gobierno dictatorial. Es decir, ya que la gente en general no parecía darse cuenta de la situación ni reaccionaba, había que forzarla.
El Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, se opuso a tal propuesta argumentando que podría llevar al país a una nueva guerra, pero sometida al voto de los demás, triunfó la idea de la suspensión de los cultos. El pueblo de Dios se quedó sin Sacramentos y sin atención pastoral, el clero sin trabajo, y los enemigos del catolicismo muy satisfechos, ya que la suspensión no la habían dictado ellos, sino los propios Obispos. El presidente Calles comentaría que por cada día que la gente pasara sin cultos públicos, la Iglesia misma sufriría las consecuencias. Paradójicamente los cultos clandestinos, que eran obviamente sólo para algunos cuantos fieles, eran una violación a la decisión que el episcopado había tomado.
Ambas previsiones se cumplieron, vino una nueva guerra luego llamada “Cristiada”, y la suspensión provocó un grave deterioro de las comunidades cristianas y del mismo presbiterio. Antes de tres años, los señores Obispos alarmados por tales efectos, buscaban una manera digna de superar esta situación.
Lamentablemente, los efectos pastorales que tuvo la suspensión de los cultos no han sido suficientemente estudiados, como lo reconocía el propio historiador Jean Meyer recientemente, tema pendiente cuya profundización podría ayudarnos a comprender y evaluar mejor las decisiones y soluciones de la época.
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