
ATHZIRI MARTÍNEZ
En los últimos años, el 8 de marzo es un día que retumba en los edificios de la ciudad. Las calles se llenan de pasos firmes, de voces que exigen justicia, de consignas y pancartas que recuerdan que la lucha por los derechos de las mujeres sigue abierta. La ciudad vibra, se sacude, y hasta se incomoda. Pero mientras miles marchan y alzan el puño y la voz, hay otras que libran su propia batalla lejos de los contingentes, en un territorio más áspero y frío, a la vista indiferente de todos: la calle.
A diario en la ciudad, hay historias que duermen a la intemperie. Vidas que no están en los discursos políticos, ni en los titulares de las noticias o en los videos en las redes. Están en las banquetas, bajo los puentes, en los rincones, en las bancas de los parques donde la noche a diario es más pesada. Son mujeres en situación de calle. Mujeres que alguna vez tuvieron un cuarto, una rutina, una familia y que hoy sobreviven en un mundo que las mira, pero no las observa y mucho menos las escucha o protege.
SIN JUZGAR
Los factores que pueden empujar a una mujer a vivir en situación de calle pueden ser problemas de salud mental, adicciones, violencia y desintegración familiar. Sin embargo, no llegan a la calle por una sola causa, sino que suele tratarse de un conjunto de vulnerabilidades personales y estructurales, como la pobreza, la falta de redes de apoyo, la exclusión social y la ausencia de oportunidades.
De acuerdo con Edna Gabriela Valdez Rios, encargada del Centro de Atención y Desarrollo Integral para Personas en Situación de Indigencia en Guadalajara, toda persona que vive en situación de calle se encuentra en condición de vulnerabilidad, pero en el caso de las mujeres el riesgo es mayor debido a que enfrentan con más frecuencia abusos, agresiones y violencia sexual.
“Todas las personas que se encuentran en la calle tienen una historia muy diferente”. No sabemos lo que las trajo aquí.

UNA INFANCIA ARREBATADA
La historia de Gloria obliga a bajar la mirada, escuchar con respeto y sentir empatía. Tiene 63 años de los cuales, 40 los ha pasado en la calle, no como consecuencia de una mala decisión sino de una infancia rota.
Desde los 9 años su madre la explotaba con fines sexuales a cambio de dinero para sostener sus adicciones. La poca niñez que Gloria tuvo se le fue entre silencios impuestos, gritos, golpes y puertas cerradas.
Su historia no es un caso aislado, es el reflejo más crudo de cómo la violencia temprana puede marcar el rumbo de la vida: una niña violentada, una adolescente sin refugio, una joven sin protección y luego, la calle.
UNOS BRAZOS QUE ACOGIERON
La abuela de Gloria fue, durante un tiempo, la pausa luminosa dentro de su historia. Fue quien la acogió, la crió y procuró su bienestar, durante un tiempo representó la protección que Gloria necesitaba. Hoy la recuerda con profundo amor y gratitud. La nostalgia se percibe en su mirada y en su voz que se suaviza al nombrarla. “Mi abuelita, en paz descanse, fue la que me crió y me sacó de todo eso. Es más madre la que cría que la que engendra”, comenta. (TEXTO CON OTRO COLOR)
LA HERIDA VIENE DESDE ADENTRO
En la vida de Gloria conviven dos realidades. Por un lado, la figura materna que la hirió y la expuso; por otro, la abuela que se convirtió en amor, protección y cuidado. Dos rostros opuestos que muestran cómo, dentro de una misma línea de vida, pueden coexistir la herida y el refugio.
Gloria se convirtió en madre por primera vez a los 15 años y, apenas un año después, a los 16, nació su segunda hija. La maternidad llegó demasiado pronto y en soledad: el padre de las niñas nunca estuvo presente de ninguna manera. Hoy no sabe nada de ellas; cuenta que no la buscan porque sienten vergüenza de su situación. Con paciencia, ella vive en la esperanza silenciosa. Cada día le pide a Dios que sus hijas estén bien y que a ella le dé fuerzas para seguir adelante.

EL COSTAL ES MÁS PESADO PARA LAS MUJERES
De acuerdo con Edna Gabriela Valdez Rios, encargada del CADIPSI, existe un punto crítico que suele pasar desapercibido: cuando una persona —hombre o mujer— lleva alrededor de seis meses viviendo en la calle, las probabilidades de reinserción social disminuyen considerablemente.
En el caso de las mujeres, explica, la situación se vuelve aún más compleja porque, aunque representan una población menor, con frecuencia continúan cargando con responsabilidades, especialmente la preocupación constante por sus hijos y su entorno cercano. Ese vínculo puede convertirse en un motor que impulse su salida de la calle; sin embargo, cuando ya no cuentan con familia cercana o sus hijos son adultos y no dependen de ellas, esa posibilidad suele reducirse, pues desaparece uno de los factores emocionales y afectivos que más las motiva a buscar una alternativa distinta a la vida en la intemperie.
LA VULNERABILIDAD Y LA INEXISTENCIA OFICIAL
A lo anterior —advierte— se suma un nivel todavía más profundo y alarmante: el de la salud mental. Considera que éste es un ámbito que ha rebasado la capacidad de respuesta social e institucional, porque hoy resulta cada vez más común ver a personas, y particularmente a mujeres, viviendo bajo altos niveles de estrés derivados de la presión económica, la crianza y el sostenimiento familiar.
Esa carga constante comienza a traducirse en angustia, ansiedad y una acumulación de emociones que, sin acompañamiento ni atención oportuna, terminan por desbordarse. Para ella, entender la situación de calle sin mirar el impacto de la salud mental es dejar fuera una de las piezas más decisivas de esta realidad.
En ese sentido, añade, aparece otro obstáculo: la atención médica. Explica que muchas de las mujeres presentan padecimientos físicos que rebasan la capacidad de respuesta del albergue, donde únicamente pueden brindar atención básica. Cuando se trata de enfermedades más graves, la situación se vuelve todavía más compleja, pues requieren tratamientos especializados, seguimiento clínico y recursos que no siempre están disponibles.
Un obstáculo más que se vive en la calle, es la dificultad para obtener documentos de identificación, y esa carencia termina por cerrarles la puerta a servicios básicos, entre ellos, a la salud pública.
Gloria comparte que en alguna ocasión recibió atención médica en el Hospital Civil Fray Antonio Alcalde, pero ya no puede hacerlo por la falta de papeles que acrediten su identidad. Esta condición no solo limita su atención médica, sino que también le impide acceder a oportunidades laborales, pues no es reconocida por el sistema.
A pesar de esto, Gloria dice que no quiere pasar el resto de su vida en la calle. Sueña con algo que para muchos es cotidiano y para ella se ha vuelto casi inalcanzable: tener un trabajo que le permita pagar una renta y volver a habitar un cuarto propio.
A ese deseo se le atraviesa otra barrera silenciosa, su edad. Cuenta que en más de una ocasión no la consideran para trabajar porque asumen que ya no puede hacerlo. Ella lo cuenta sin dramatismo, segura de lo que es: “Todavía puedo, tengo manos y piernas para trabajar”.
Pese a todo, en la calle también ha encontrado solidaridad: gente que, con lo poco que tiene, comparte una comida, una moneda o una palabra amable.
¿QUÉ HACEMOS COMO SOCIEDAD?
Desde su experiencia, Edna Gabriela Valdez explica que ayudar no siempre significa dar una moneda. Considera un apoyo más responsable es canalizar la ayuda hacia espacios que brindan atención integral, como el DIF y asociaciones civiles especializadas, donde existen proyectos enfocados al acompañamiento, salud, reinserción y seguimiento.
Apoyar a estas instituciones —dice— no solo multiplica el impacto de la ayuda, sino que también dignifica el proceso.
A Gloria le gustaría que la gente entendiera que su situación no define quién es, que vivir en la calle no la convierte en delincuente ni en una amenaza.
Dice que muchas personas, a quienes viven en la calle como ella, los miran con desconfianza y asumen que roban o hacen daño, cuando en realidad —afirma— la mayoría procura convivir en paz, cuidar a quienes pasan cerca y no molestar. Explica que ellas saben lo que es ser maltratadas y, no desean repetir ese trato.
En medio de la incertidumbre cotidiana, Gloria encuentra un sostén en la fe. Comparte que es en su creencia católica donde ha hallado la fuerza espiritual para sobrellevar la realidad que enfrenta día a día. “¿Quién más, si no Él —Dios—? Él es el único”, dice.
UNA DEUDA DE JUSTICIA
La historia de Gloria nos recuerda que las mujeres en situación de calle no son estadísticas imprecisas ni sombras, son vidas con nombre, con dignidad y batallas que no deberían pelear en soledad. Mirarlas con respeto, escucharlas con empatía y actuar con responsabilidad es una deuda de justicia. Porque el valor real de una sociedad se mide por la forma en que responde ante quienes más la necesitan.
RECONOCER SU DIGNIDAD
Desde la doctrina social de la Iglesia, la dignidad de las personas en situación de calle es irrenunciable. El Papa Francisco advirtió que no se puede aceptar una sociedad que excluye y denuncia sistemas que dejan fuera a los más vulnerables.
En la misma línea, el Dicastero per il Servizio dello Sviluppo Umano Integrale sostiene que no son un problema que apartar, sino hermanos que interpelan la conciencia colectiva.
La Iglesia llama a ir más allá de la limosna: escuchar, acompañar y reconocer su humanidad, promoviendo una cultura de acogida que garantice a todos el derecho a una vida digna.
LA “AYUDA” NO SIEMPRE AYUDA
Si bien existen albergues para personas en situación de calle, algunas personas refieren que, según su experiencia, en ocasiones en estos lugares también se viven la humillación y el maltrato.
Algunos testimonios aseguran que se padece un trato denigrante, con alimentos en mal estado e incluso se reciben insultos, lo que los hace sentir en un estado más vulnerable que en las calles.


