Inicio EditorialLas lluvias que nos reflejan

Las lluvias que nos reflejan

por Quetzali Hernández
0 comentarios

Víctor Ulín

La rudeza de las lluvias nos lleva de bote pronto a una condena por los evidentes daños que provoca. Nos enoja. Nos entristece. Nos deja en total impotencia ante lo implacable que suele ser la naturaleza, mucho más cuando está alterada y no podemos pararla.

Hay quienes hoy se han quedado sin carros, sin casas y con una incertidumbre que solo siente y conoce de verdad el que vive este momento. Hablo, claro, de los que construyeron su patrimonio literalmente con el sudor de su frente y de un día para otro pierden una buena parte, o todo, casi siempre de índole material, cuando no es la vida.

Solo que nos estaríamos equivocando si culpáramos a la naturaleza de las intensas lluvias que arrasan todo a su paso en Guadalajara y su zona metropolitana, principalmente.

No podemos, por supuesto, obviar que hay mucho de cambio climático en lo que sucede y de lo que nosotros hemos dejado de hacer para contribuir a la limpieza del lugar en el que vivimos y al equilibrio del planeta que explota por todas partes.

Las lluvias que nos trae nuestra naturaleza también nos han recordado que en Guadalajara, Zapopan o Tonalá hay miles de familias en la pobreza, cuyas casas de cartón o de blocks de lodo no resistieron las lluvias o el desbordamiento de los ríos que, secos o estancados, renacieron exigiendo su lugar de origen.

Hasta hoy, la gran mayoría de los habitantes de Guadalajara y su Zona Metropolitana ignoraban incluso la existencia y las condiciones en la que vivían estas familias en las colonias populares, y los gobiernos que han pasado fueron indiferentes, omisos o demagógicos. Pero seguro visitaron el lugar en tiempos electorales para pedir el voto con la promesa de construir la calle o el drenaje que sigue en espera de ser una realidad.

Lo sucedido en la Martinica, en Zapopan, refleja el rostro que no nos gusta ver, que no aceptamos y evitamos. Preferimos voltear a las grandes residencias de las zonas pudientes, que también resienten el impacto de las lluvias, donde bastará una transferencia bancaria para comprar el auto nuevo, renovar la casa o el jardín que el agua devastó.

En un instante, en la Martinica, 144 familias perdieron sus casas y de cinco personas heridas por el desplome de una pared, falleció una menor.
¿Cuántos realmente sabían de la existencia de la Martinica hasta antes de lo que debe considerarse una tragedia para las familias que perdieron sus casas o un ser querido?

Las lluvias solo confirman lo que ha venido ocurriendo junto a la pobreza que se extiende: la creación de asentamientos irregulares que son tolerados por las autoridades para evitar un problema que se vuelve mucho más grave en tiempos donde el pronóstico dejó de ser previsible.

El estado, en particular en la capital y los municipios circundantes, ha crecido en población, en mucho por la migración interna o de otros estados que buscan mejorar sus vidas.

Las lluvias que parecen interminables y decididas a juzgar, también exhiben la negligencia de los gobiernos que se están viendo rebasados. Un sistema de drenaje y alcantarillado viejo que colapsa y calles destrozadas que se hunden

Es como si la ciudad hubiera crecido desordenada y hoy pagamos las consecuencias. Hay ríos emblemáticos, históricos, que reviven como el San Juan de Dios que busca su camino en las estaciones del Tren Ligero. Parecen escenas salidas de una película o serie de ciencia ficción que nos gusta mirar mientras comemos palomitas.

La naturaleza -pronosticada o alterada- no detendrá su curso hasta que tenga que hacerlo. La incertidumbre se ha vuelto una constante en los últimos años en relación con el clima y otras tantas cosas. Los daños seguirán, es inevitable, y nosotros, soberbios, como si no entendiéramos las dimensiones de lo que está pasando, subestimamos las fuertes corrientes que arrastran los autos y destruyen calles y casas endebles.

Lo que tendríamos que esperar -porque es lo más valioso que nos queda frente a lo que nos provoca impotencia- es que las lluvias y las corrientes que no cesan por todas partes del Estado, en particular en la zona metropolitana de Guadalajara, muevan a la solidaridad de la gente para con el prójimo. Lo hemos hecho antes con paisanos en otras partes del país, que hoy observan lo “atípico” y destructivo de las lluvias en Jalisco.

No podemos tampoco distraernos como ciudadanos para hacer lo propio y dejar de atentar contra la naturaleza que es un atentado contra sí mismos.

Es la suma de todas las voluntades lo que puede hacer posible que las lluvias en Jalisco dejen de ser vistas como una amenaza o un peligro, y sigan siendo lo que son y nunca dejarán de ser en la vida en tierra: una bendición.

Screenshot

También te puede interesar