ALFREDO ARNOLD
Se termina el mes de septiembre, el noveno mes del año que nos ofrece a los mexicanos un gran número de celebraciones y fechas importantes. A partir del día primero en que se rinde el Informe Presidencial, las fechas se van extendiendo a lo largo del mes. Destaca la celebración del Batallón de San Patricio y la gesta de los Niños Héroes de Chapultepec, pero sobresale la mayor fiesta cívica del año: el “Grito” de Independencia que, desde los alcaldes más austeros y modestos, los gobernadores y el jefe de la nación, pronuncian la noche del 15. Por supuesto, tenemos la fiesta popular, el desfile del día 16, etcétera, etcétera, etcétera.
Sin embargo, hay una fecha que se ha olvidado o que el gobierno intentó desaparecer desde hace mucho tiempo: el mero día de la Independencia. En efecto, el 27 de septiembre, día en que el Ejército Trigarante hizo su entrada triunfal a la ciudad de México, significando con ello el fin de la Nueva España, fue borrado del calendario oficial a causa del escozor que el puro nombre de Agustín de Iturbide causaba o sigue causando en los medios oficiales. Algunos presidentes mencionan a Vicente Guerrero, pero se abstienen de nombrar a Iturbide y no se diga a Juan O’Donojú, representante de España, quien permitió realizar un relevo pacífico y ordenado, aunque España no estuvo de acuerdo con él.
El “Grito” es más antiguo que la propia Independencia. Se supone que es la repetición simbólica de la arenga que lanzó el cura de Dolores cuando llamó a la lucha. Sería improcedente repetir aquel grito, porque dijo “¡Viva Fernando VII!” que era el rey de España. La lucha de independencia fue finalmente contra España, pero los primeros insurgentes tuvieron la habilidad de adecuar aquel grito a las nuevas circunstancias.
Ignacio López Rayón fue el primero en celebrar (en 1812) el “Grito” de Hidalgo. Años más tarde se incluyó en la arenga el nombre de Iturbide, pero, poco después de que México se transformó de imperio en república, Iturbide, ya había sido fusilado. O’Donojú falleció días después de la entrada del Ejército Trigarante, y Vicente Guerrero, que fue el segundo presidente de México, fue fusilado en 1831.
Qué terrible ironía del destino: los tres hombres que acordaron la independencia de México, Iturbide, Guerrero y O’Donojú, habían muerto en menos de diez años; dos de ellos, fusilados por las autoridades mexicanas.
El tiempo pasa y las acciones se olvidan. El “Grito” de Hidalgo, que es precisamente lo que conmemoramos la noche del 15 de septiembre, cambia constantemente de acuerdo a las preferencias de las autoridades a quienes toca gritarlo. Algunos lo hacen con naturalidad, otros lo exageran con el fin de llevarse los aplausos, otros cambian el texto que, se supone, pronunció Hidalgo la madrugada del 16 de septiembre de 1810 en el atrio de la iglesia del pueblo de Dolores.
Sería muy conveniente reglamentar la ceremonia del Grito de Independencia. Acotar lo que tenga que gritar la autoridad sin dejarles improvisar de su ronco pecho los nombres de otros personajes o situaciones. El “Grito” desde Palacio Nacional se limitaría a pedir vivas para Miguel Hidalgo, para Allende, Aldama y Jiménez, y para cuatro mujeres ligadas a la independencia: doña Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra y Antonia Nava “La Generala”. Y después de eso los vivas para México.
Para los Estados podría variar, pero sólo un poco; por ejemplo, para Jalisco, sumar el nombre del “Amo” Torres, sería muy justo porque él le entregó la ciudad de Guadalajara limpia de enemigos a Hidalgo, por lo cual sufrió más tarde una muerte terrible, y sin lugar a dudas Rita Pérez Jiménez, esposa de Pedro Moreno, quien auxilió a los insurgentes en el cerro del Sombrero, además de ofrendar la vida de sus hijos e hijas, sufrir el fusilamiento de su marido, padecer una larga condena en la cárcel y morir a los 82 años después de una vida llena de tristeza.
La Historia de México, aunque relativamente corta, está llena de hombres y mujeres que sacrificaron su vida en aras de la patria. Sería muy justo honrarlos adecuadamente, sin involucrar los nombres de personas o instituciones que se le vayan ocurriendo al gobernante en turno.
El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de larga experiencia. Es académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.
