
Si el texto evangélico que nuestra madre Iglesia ofreció el domingo pasado contenía lo más novedoso de la Buena Nueva, que podemos considerarlo como el Evangelio del Evangelio, puesto que ante Jesús todos los valores se invierten. El texto del día de hoy exige lo más difícil de vivir, de lo cual el propio Señor Jesús dio testimonio: amar sin límite alguno, incluso a los enemigos, o sea, hacer el bien sobrepasando lo que pareciera aconsejar la virtud de la prudencia (Lc 6, 27-38).
MÁS ALLÁ DE LOS LÍMITES DE LA TRADICIÓN JUDÍA Y DE LA HELENISTA
Lucas insiste una vez más que Jesús dirige su mensaje a sus discípulos, es decir, a quienes están dispuestos a escucharlo: (véase v. 27; compárese con el v. 20). El Antiguo Testamento preceptúa el amor al prójimo (véase Lv 19, 18); sin embargo, el Señor Jesús categórico ordena:
Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo no se lo reclames” (vv. 27b-30).
Estas palabras del Señor Jesús sobrepasan los límites establecidos, tanto por la tradición judía como por la helenista. A guisa de ejemplo, con respecto a la primera, evocamos la oración de Zacarías, hijo del Sacerdote Joadá, que en el momento de su lapidación dijo:
“¡Véalo Yahvé y exija cuentas!” (II Cro 24, 22)
y de la segunda, consideramos paradigmáticas aquellas lecciones, destinadas al príncipe persa y descritas con magistral belleza por Jenofonte, en La Ciropedia, que sin duda translucen el sentir del mundo griego, cuando narra la actitud del padre de Ciro ante su partida: “Así pues, lo dejó partir, dándole todos los caballos que él quiso y preparándole también muchas otras cosas, porque lo amaba mucho y tenía grandes esperanzas de que sería un hombre capaz de bene ciar a sus amigos y hacer daño a sus enemigos” (Lib. I, Cap. IV, XXV).
CONVOCADOS A SER HIJOS DEL ALTÍSIMO
El amor al enemigo no debemos entenderlo como indiferencia (véase Ap 3, 15-16); tampoco como ingenuidad; porque amar a quien nos hace mal es un acto desafiante que implica un gran carácter, dada su osadía para enfrentar el imperio del odio. El amor al enemigo es un despliegue majestuoso de libertad, pues significa que quien ama no se deja dominar por el mal infringido. Al grado que, conforme al anuncio del Señor Jesús, la filiación divina no es sólo una esperanza para el n de los tiempos, sino que se da cuando se vive el amor a los enemigos, reflejando la misericordia del Altísimo:
“Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman […] Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos” (vv.31-35).
EL MARAVILLOSO TESTIMONIO DEL SEÑOR JESÚS
Enseguida el Señor Jesús exhorta:
“Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (v. 36) y, en tan sólo dos versos, enseña cómo debe ser el comportamiento de quienes esten dispuestos a escucharlo (véanse vv. 37-38).
El Señor Jesús testificó con su propia vida cada una de sus enseñanzas, al extremo que en la cruz oró por sus enemigos:
“Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Muy apreciables lectores, para actualizar el evangelio del día de hoy, los invito para que vivamos de acuerdo a las palabras del Señor Jesús, quien testificó con su mismísimo ejemplo: a amar sin límite.
