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Lobos vestidos de pastores, hechos dioses

por Michelle Fletes Rubio
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“Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz”, sentencia evangélica que nos debe tener siempre alerta.
Jesús se refiere especialmente a los que son como serpientes, coyotes rapaces en busca de consolidarse en el dinero, centro de prácticamente todos los males.
El afán de tener dinero y manejarlo de manera inmoral es el pivote de la delincuencia, de los robos, fraudes, extorsiones, secuestros, desapariciones, huachicol, narcotráfico, corrupción, etc.
Dios sabe hasta dónde puede el ser humano ‘perder la cabeza’ por conseguir dinero (y propiedades), y el Demonio sabe cómo puede tentarnos para que lo obtengamos.
Nadie en particular, ni tampoco instituciones públicas o privadas, de gobierno (federal, estatal, municipal), no gubernamentales, políticas o religiosas, nos podemos librar de la tentación por acumular riqueza al precio que sea.
Los hechos que conocemos, en todos los sectores, por desgracia, lo demuestran.
No solo eso, sino que luego estos excesos se convierten en fuente o expresión de otras desviaciones, como tráfico de personas (sobre todo jóvenes y niños), manipulación de datos, violaciones, pornografía en todos los niveles y edades, lenocinio, abuso infantil, etc.
A las instituciones religiosas, católicas o no, nos debe ocupar que los casos que se han presentado no se vuelvan a repetir. Si se dan, hay que combatirlos, sin dejar espacio a la reincidencia, tomando acciones concretas que reafirmen el compromiso, sobre todo para los que somos cristianos, de que esa tentación de enriquecimiento y abuso (de cualquier tipo), no se dé.
Los lobos vestidos de ovejas o de pastores, se presentan como si fueran dioses o los hacen dioses, para cubrirse con un velo de impunidad, sin cuestionamientos. Se hacen llamar, incluso, “apóstoles” o “enviados” de Dios. “Nada de lo que hacen es pecado”, según sus defensores.

Lo que se oculta no son solo pecados (éstos pueden ser perdonados), sino delitos, daño a las personas que requieren justicia, y ante las cuales, muchas veces, están incluidos chantajes, amenazas, simulaciones, protección, etc.

Como escribió Iván Ríos (en “Los lobos del mundo”, al citar “El gran imbécil”, de Curzio Malaparte): “Las ‘divinidades’ ciegan. Obligan a callar, negar, incluso perdonar lo inexcusable. Esas ´deidades’ se permiten todo y todo purifican”.

Que no haya espacio tampoco para las complicidades, porque para que se lleven a cabo estos abusos se necesitan cómplices.

Cómplices que cooperan en esos delitos, de una forma ‘doctrinal’ (“Dios castiga y condena al que dude del ‘apóstol’”), o de una forma activa (consiguen víctimas y las graban, esconden evidencias, manejan cuentas bancarias, etc.).

En ocasiones, los cómplices no son solo de la misma institución, sino autoridades que se ven beneficiadas con dinero o con votos.

Qué tarea tan delicada, por ejemplo, la del Obispo de una diócesis, que debe cuidar a todos los niveles que en su interior no haya nada de esto. Porque el Demonio es tan sagaz que se quiere valer de consagrados para que se aprovechen de su puesto. Le interesan, sobre todo, ‘los importantes’, porque -además- sería más escandalosa su caída. Nos busca cegar, para que no seamos conscientes del mal que hacemos, o para que ‘justifiquemos’ los hechos, como si no pasara nada.

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